Viure comparant-se

Ens mirem el melic contínuament a l’hora que ens volem vendre com l’avançada d’Espanya, la locomotora econòmica, el súmmum de l’emprenedoria, el “colmo” de la innovació. Però tot això no ho podem posar a l’agenda sense comparar-nos. No amb nosaltres. Sinó amb ells. Ells com si fos un contrari, un rival, un enemic. Una mena de serp verinosa que ens impedeix d’expressar-nos. Som la pera. Però no podem ser llimonera perquè ens posen obstacles a tot arreu. Algun estudi diu que els catalans estem perplexos. La perplexitat és la meva esperança. Perplexitat i crisi econòmica seran els elements, conjuntament amb l’autogovern, les palanques del canvi d’actitud i de pensament que han de permetre, per fi, que ens mirem a nosaltres mateixos, els objectius que volem aconseguir i els reptes de futur que afrontem, comparant-nos amb nosaltres mateixos. Les comparacions són odioses, sí. Insuportables si el què tenim davant és un mirall en el qual mirar-nos. De moment; el nou model de finançament ens resta excuses per no voler mirar-nos al mirall. I ara, doncs, què fem? Jo ho tinc clar; mirar-me a mi, i aprendre dels altres. Estiguin al sud, al nord, i sí. De l’oest també se n’aprèn. I molt.

dimecres, 22 de desembre de 2010

"La buena sociedad" de Josep Ramoneda

Article publicat al diari El País el 21 de juny de 2008

La buena sociedad. "La buena sociedad es aquella en que el entorno social y político permite a los individuos desarrollar una identidad autónoma o una relación positiva consigo mismos". La frase es de Axel Honneth, quizás la voz más interesante que tiene hoy la vieja Escuela de Frankfurt. O sea, que en la buena sociedad los ciudadanos deben poder ser lo que quieran ser, sin pasar por las experiencias dolorosas del desprecio y de la negación del reconocimiento.

Los partidos de izquierdas se siguen llamando socialistas cuando a los ojos de la mayoría de los ciudadanos esta palabra representa hoy una idea de sociedad que ni es viable ni es siquiera deseable. Lo primero que tiene que hacer la izquierda, si quiere renovarse, es saber explicar en qué tipo de sociedad piensa. La definición de Honneth me parece un buen punto de partida que pone el énfasis en la plena realización personal. Como recuerda otro filósofo, Kwame Appiah, el cosmopolitismo moderno se basa en que "cada individuo lleva la carga de la responsabilidad definitiva de su propia vida", es decir, de autogobernarse. Crear las condiciones para que esto sea posible y asegurar que seguimos siendo una sola humanidad, debe ser el ideal regulador de las políticas de izquierdas. Dice Avishai Margalit que una sociedad decente es aquella en la que las instituciones no humillan a los ciudadanos. La tarea de la izquierda empieza por aquí: por gobernar para el reconocimiento de todos y con el respeto para todos que exige la más elemental noción de servicio público.

- El liderazgo del cambio. La idea de izquierda sólo tiene sentido si va unida a la idea de progreso y cambio social. La izquierda se vuelve conservadora cuando pierde el pulso del sentido de la historia y siente pánico ante los cambios tecnológicos y científicos. Responde reactivamente y, a menudo, confunde frenarlos con gobernarlos. De modo que la izquierda necesita saber dónde está el progreso, en un doble sentido: ¿qué cambio social es el que nos acerca más a la idea de sociedad que opera como idea regulativa? ¿Cuáles son los agentes sociales de este cambio? La izquierda no puede confundir los instrumentos con los fines. El crecimiento o la competitividad pueden ser el horizonte ideológico insuperable para la derecha, no para la izquierda. La izquierda tiene que preguntarse: crecimiento, ¿para qué?; competitividad, ¿para qué?

La estructura social ha cambiado mucho. Hemos asistido al declive de la noción de clase como factor identitario. Al mismo tiempo, la clase obrera ha dejado de ser una fuerza homogénea capaz de actuar como motor del cambio social. Las mutaciones del capitalismo han pillado a la izquierda a contrapié. Y ésta se mueve hoy en un terreno doblemente ambiguo. En lo social, siente que su suelo es movedizo: las élites urbanas más preparadas para las exigencias del progreso le abandonan a menudo. En lo ideológico, se mueve entre la aceptación incondicional del paradigma liberal y la defensa de su herencia más sólida: el Estado de bienestar. Construir una vía nueva a partir de estas dos bases significa recuperar la iniciativa del cambio, sintonizando con los sectores sociales que pueden devolver a la política la capacidad normativa que ahora está en manos del dinero.

- El reconocimiento. Si el ideal es la plena autonomía del individuo, el reconocimiento debe sustituir a la lógica de la política asistencial. La asistencia es unidireccional, el reconocimiento es transitivo y mutuo y exige políticamente el compromiso de luchar contra todo aquello que obstaculiza la autorrealización individual, es decir, contra los abusos de poder, tanto en las relaciones entre ciudadanos como en las relaciones de los ciudadanos con el Estado y las instituciones.

Las políticas de reconocimiento son esenciales para la izquierda: de ahí la importancia de la ley de matrimonios homosexuales, la legislación de género o las regulaciones masivas de inmigrantes, tres ejemplos del tipo de decisiones de los que la izquierda no se debería avergonzar nunca.

La izquierda ha buscado siempre la manera de encontrar equilibrios sostenibles entre Estado, trabajo y capital. Pero esta contracción del espacio y aceleración del tiempo que llamamos globalización ha generado una sensación extendida de vulnerabilidad, fruto de un desplazamiento masivo de dinero, mercancías, ideas y, en menor medida, personas a través del mundo. Reconocer al ciudadano su derecho a ser como quiera es otorgarle un cierto amparo tanto ante los vértigos de cambio como ante los intentos comunitaristas de determinar su identidad por la vía de la pertenencia a un grupo. Es cierto que la izquierda ha tenido dificultades para entender la complejidad de la economía humana del deseo y, por tanto, para decodificar fenómenos como los nacionalismos o las religiones. También en este terreno tienen que ser efectivas las políticas de reconocimiento, sobre la base del pluralismo y de la crítica a la fractura multiculturalista. Pero la izquierda tendrá siempre inevitablemente una dimensión cosmopolita.

- La radicalidad democrática. Anthony Giddens plantea la renovación de la tercera vía del laborismo inglés a partir de la idea de seguridad. Naturalmente, la sensación de vulnerabilidad que amenaza hoy las distintas condiciones de un ciudadano de identidad polivalente, requiere políticas de seguridad. Pero la izquierda no puede caer en la trampa de explotar el miedo de los ciudadanos convirtiendo la seguridad en ideología como hace la derecha. La seguridad forma parte de las condiciones de desarrollo de una vida autónoma. Y, por tanto, no puede reducirse a la seguridad en sentido policial y militar. Se necesita seguridad jurídica, en el trabajo, para moverse, para asociarse, para la libre expresión, es decir, seguridad de que hay un marco de garantías comunes. La seguridad no puede ser la coartada para un sistema de control social cada día más invasivo.

Años atrás, decíamos que era un régimen totalitario aquél en el que no hay espacio para lo privado. La vida privada está hoy expuesta a la visibilidad, con el consentimiento de los parlamentos democráticos, hasta tal punto que algunos teóricos hablan ya de tiempos posdemocráticos. La izquierda debe ser radical en la defensa de la democracia. Al fin y al cabo, la ley de base democrática es la mejor arma que tienen los ciudadanos para defenderse de los abusos de poder.

- La renta básica. Pero la izquierda, además, no puede abandonar la idea de justicia social. Sin ella, su razón de ser quedaría limitada, convertida en una simple vía complementaria para el proceso de selección de las élites gobernantes. De la idea de justicia social derivan los principios básicos de la tradición socialdemócrata: la igualdad política, de oportunidades, la justicia distributiva. La izquierda no puede hacer seguidismo de la derecha desacreditando el papel del Estado y convirtiendo la reducción de los impuestos en mito ideológico.

Los impuestos no son un fin, son un instrumento. La calidad de servicios y la distribución de la carga impositiva -que no puede pesar sólo sobre los asalariados- es lo que determina el sentido de una política. En este horizonte, el derecho a un mínimo social garantizado, la renta básica, parece la última defensa para que la idea de igualdad tenga todavía sentido.

- El reformismo. Desde que vivimos en un presente continuo, el pasado tiene una función estrictamente mítica y el futuro se ha desdibujado, la izquierda encuentra enormes dificultades para actuar como proyecto de renovación integradora. Cada vez acepta más resignadamente el papel de una de las dos caras de la alternancia en la sociedad democrática, como si su función fuera de actor invitado al juego de las apariencias del cambio para que nada cambie. En este principio de siglo XXI, el espejismo de las aguas tranquilas, que nos dibujaron los discursos de fin de la historia y de la posmodernidad, se ha desvanecido. Estamos en una dinámica de cambio y la izquierda debe intentar orientarla, procurando que ésta no signifique la marginación definitiva de millones de personas. Y haciendo del reconocimiento de todos y cada uno de los ciudadanos su razón política. Por eso, resulta insoportable cuando la izquierda se apunta a las políticas de humillación en materia de inmigración.

El premio Nobel de Economía Robert Solow, analizando las políticas de Reagan, decía que la derecha siempre defiende más poder para los más poderosos y más dinero para los más ricos. En la desorientación actual de la izquierda, a menudo, da la impresión de que esto mismo se podría predicar de ella. Y si seguir hablando de izquierda tiene algún sentido es precisamente para contrarestar esta tendencia. No hay que confundir liderar el cambio social con entregarse en manos de los ricos y poderosos.

"PSC i Catalunya: ara i aquí" d'Ernest Maragall

Article publicat a El Periódico el 22 de desembre de 2010


La pregunta no és quin és el futur del PSC. La pregunta és quin és el present de Catalunya i com pensa el PSC que cal fer-hi front. El present de Catalunya és massa exigent per admetre processos interns que, a més, es plantegen com a termini un congrés a celebrar d'aquí a un any.

És ara que cal afrontar la crisi econòmica més greu de la nostra història recent. És ara que cal formular noves respostes per a l'avenç del nostre autogovern. És ara que cal definir projectes locals amb propostes solvents per a les ciutats i pobles que d'aquí pocs mesos viuran un nou procés electoral.

Les respostes que la ciutadania espera del gran partit del catalanisme progressista no les trobarem en un debat endogàmic ni en enfrontaments caïnites. El PSC les trobarà en la mateixa societat, en l'esforç compartit amb empresaris i treballadors per definir les noves vies de concertació social. Vivim aquest present en un entorn que no admet ingenuïtats ni solucions locals, sinó que exigeix societats fortes i capaces d'assumir sacrificis tant com d'obrir nous camins.

Per al PSC, doncs, la qüestió és de posició. «¡És la política, estúpid!» podríem dir-nos a nosaltres mateixos. És hora de la definició clara davant la ciutadania en totes i cadascuna de les qüestions centrals: crisi econòmica, autogovern, regeneració democràtica.

Fins ara hem adoptat formulacions explícitament reformistes, però, és clar, només en la intimitat. Estan escrites al programa electoral i, fins i tot, impulsades pel Govern de Catalunya. Però mai n'hem fet bandera, ni hem gosat afrontar els riscos que l'ortodòxia electoral els atribueix.

Per cert: ara ho està fent el president Zapatero i, en això, mereixeria quelcom més que recolzament parcial i silenciós. El PSC pot i ha de ser el més disposat, el més avançat en l'adopció de criteris clarament expressius de l'alternativa progressista.

En relació amb l'autogovern català la situació encara és més exigent. ¿Deixarem en mans de CiU l'enèsim capítol del «peix al cove» defensant el pseudoconcert o el dret a decidir? Si realment volem construir una resposta de matriu federalista que contingui els mínims de bilateralitat i plurinacionalitat protegits per la Constitució, vella o nova, haurem de començar per aplicar-nos el concepte a nosaltres mateixos. Ara som federalistes retòrics, de conveniència. Ens costa Déu i ajuda concretar què significa el terme. Haurem de saber explicar als catalans i les catalanes quina nació-Estat volem esdevenir sense negar, per això, els llaços de fraternitat que la història ens ha llegat.

De la mateixa manera, si volem que tot això tingui possibilitats de ser recolzat per la majoria social que diem voler representar, haurem de ser punta de llança de la regeneració democràtica, d'una nova concepció de la relació entre política i ciutadania. Això implica que el PSC deixi d'entotsolar-se i s'atreveixi a revisar hàbits i reglaments interns. Per sortir al camp lliure del contrast d'idees, abandonar la seguretat de l'endogàmia orgànica i buscar les respostes allà on són: a la societat oberta, lliure, de ciutadania individual o organitzada que proposa, crea, arrisca i contribueix .

El més absurd es continuar discutint si el debat s'ha de fer dins o fora, ara o més tard. El debat ja s'ha obert, perquè així ho demana una societat catalana en crisi, frustrada en les seves legítimes aspiracions, amb un sistema democràtic que, un cop i un altre, decep les expectatives de la ciutadania.

El futur congrés del PSC, doncs, no té cap altre interès que el de formalitzar en termes de direcció orgànica el que en gran mesura hem escrit i aprovat ja en les resolucions programàtiques -programa marc, programa electoral- però que no hem explicat ni convertit en acció i decisió política. En suma: la recuperació de la coherència entre la declaració i l'actuació.

A parer meu, doncs, el PSC té dues opcions clares. a) Ser un partit jurídicament independent però subordinat políticament, refugiat en un digne municipalisme i sense veu ni presència pròpia allà on es prenen les decisions transcendents per a la nostra societat. Un PSC reduït en el seu àmbit d'actuació visible, lil·liputenc, en la capacitat de prendre decisions en nom de Catalunya, empetitit en la seva presència i representació social i territorial.

b) Ser un partit català, i res més. Un partit Gulliver. Reanimat. D'amples fronteres. Que des dels seus valors i principis, que comparteix amb altres partits socialistes, busca el recolzament de la majoria, ofereix iniciatives i respostes en tots els camps, començant pel de la crisi econòmica. I que actua lliurement i decidida en tots els àmbits on ostenta la representació dels ciutadans i de les ciutadanes de Catalunya.

Dit d'una altra manera: ¿acceptem com a definició un PSC alineat amb les idees, imatges i propostes que ens han dut els pitjors resultats mai obtinguts? ¿O bé ens apleguem per recuperar l'empenta creativa i el catalanisme explícit que el 1999 ens va atorgar el màxim grau de confiança obtingut en unes eleccions catalanes? Com és obvi, el meu propòsit és el de treballar des d'avui mateix per l'opció més ambiciosa, al costat dels ciutadans i les ciutadanes, tants i tantes, que comparteixen raons i criteris i mostren la voluntat de fer-los guanyadors .

"El federalisme a l'Espanya d'avui" de Ferran Mascarell

Article publicat al diari Ara el 21 de desembre de 2010

La gent de Ciutadans pel Canvi està fent una valuosa feina de reflexió i de pedagogia sobre les bondats de la via federal. Han agrupat un distingit nombre de simpatitzants en diferents llocs de la Península. Personalment em sento, per principis, federalista. Unir-se des del pacte, cooperar des de la sobirania cedida de cadascuna de les parts, sembla racionalment correcte i necessari en un món complicat com el d'ara. Sempre he pensat que és la fórmula que podria haver contribuït més a millorar el benestar dels espanyols i a resoldre els anhels nacionals dels catalans. Però cada dia que passa veig més entrebancat el camí. Espanya no vol ser plurinacional i els catalans no tenim força per imposar-l'hi. El federalisme sempre neix del pacte entre iguals. El federalisme a Espanya només pot arribar si Catalunya, a més de fer pedagogia, és capaç de construir una força política interna capaç d'expressar la voluntat de la nació i forçar un pacte entre iguals.

El problema del federalisme és que no es pot pactar amb ningú i, per tant, toca jugar al solitari. Aquesta és la diferència entre federalisme i independentisme. I al final, vés a saber, el resultat serà similar. El federalisme és pretendre jugar una partida de cartes sense que cap dels altres jugadors siguin a la taula. Només jugaràs si tens força política per obligar els altres a seure a taula.

Fa més de 150 anys que Catalunya ho intenta. I la pregunta és òbvia: per quina raó el federalisme -sent una opció tant racionalment defensable- ha tingut tan poca fortuna a Espanya? Per què va fracassar al segle XIX i també al XX ? Per què va fallar per igual la versió asimètrica de Valentí Almirall i la simètrica de Pi i Margall? Per quina raó l'Espanya del 14 d'abril del 1931 va acceptar ser republicana i integral, però no federal? Per quina raó la dreta i l'esquerra espanyoles tenen un frame mental tan poc federal? Per què l'Espanya democràtica va preferir el cafè per a tothom a un Estat federal definitiu? Quina significació té que -com diu Fernando Vallespín- la paraula federalisme sigui, a Espanya, un tabú? Com es pot valorar la sentència atroçment antifederal del Constitucional? De fet, dóna oxigen a les posicions jacobines o rupturistes i en pren al federalisme; de fet, ha tret del cap de molta gent la possibilitat real d'una Espanya vertebrada des de la il·lusió federal.

Les raons de fons d'aquest rebuig obsessiu i constant són senzilles. La via federal només l'hem plantejat les comunitats discriminades en l'estructura de l'Estat; comunitats que no han sentit els seus interessos ben defensats per l'aparell de l'Estat; col•lectius que, malgrat tot, creuen que una entesa entre Catalunya i Espanya és objectivament positiva. L'han rebutjat i combatut amb radicalitat els que han administrat l'Estat com a propietaris exclusius i còmodes beneficiaris de les seves polítiques i inversions. Rebutgen el federalisme aquells que amb l'Estat actual hi guanyen, per molt que sàpiguen que és poc eficient i menys equitatiu. Cal fer un esforç per situar les coses en termes polítics més que no pas ideològics. La via federal només ha reeixit en els països on s'ha pogut fer un pacte polític entre iguals i normalment de baix cap amunt. A Espanya el federalisme no funciona perquè qui administra l'Estat no vol un pacte entre iguals. L'Estat actual és encara el resultat d'una imposició i no del pacte. I els que més hi guanyen, no tenen intenció de canviar-lo.

El problema dels catalans és que ens hem acostumat a fer política sobre els principis ideològics, però no sobre la propietat de l'Estat. Els catalans volem ser autonomistes, federalistes o independentistes, però no sabem discutir la propietat de l'Estat. No tenim teoria sobre l'Estat que necessitem. Sabem que el d'ara és llunyà i poc eficaç; sabem que fa moltes coses mal fetes, que és poc diligent pel que fa als interessos econòmics, polítics, culturals i lingüístics catalans. El caràcter radial del tren d'alta velocitat i la negació del Corredor Mediterrani en són la millor metàfora. Cal sortir de la ideologia en benefici de la política. Política vol dir poder. La política catalana es dessagna en l'afirmació dels grans principis ideològics i abstractes però falla en la pugna política pràctica i en l'organització d'un poder polític i social competitiu.

Només hi ha una manera d'enfocar les coses. Hem de socialitzar el que significa construir un Estat. En tres nivells: en relació amb les pròpies competències, en relació amb Europa i en relació amb les competències que avui administra l'Estat espanyol. És ca bdal saber quin Estat ens convé i quina majoria social ens permetrà aconseguir-lo. No es tracta d'abandonar el federalisme, però sí el seu caràcter imperatiu. L'actitud federalitzadora és imprescindible, però l'Espanya federal només serà factible si Catalunya construeix aliances estratègiques entre totes les opcions del catalanisme. No voldria tenir raó, però em temo que la política espanyola mai arribarà al federalisme per la via racional: els seus interessos la impulsen a negar-lo.

"El pacto" de Juan-José López Burniol

Article publicat a La Vanguardia el 18 de desembre de 2010

Hay pactos y pactos. Está, en primer lugar, el pacto del que nos hablaba hace poco, desde estas páginas, Rafael Nadal. Un pacto de los partidos catalanes ante los grandes retos del país. Un pacto de solidaridad preciso - ahora que no es parlamentariamente necesario-para defender en Madrid los intereses de Catalunya con una sola voz. La sola voz que reclamaba Mañé i Flaquer - hace un siglo-para que Catalunya fuese escuchada. Coincido con la necesidad de este pacto, que he defendido hace tiempo, concretado en cuatro objetivos: estructura del Estado, financiación, grandes infraestructuras y administración de justicia. Y hasta tal punto he afirmado su necesidad, que también he sostenido que su imposibilidad y falta serán una prueba decisiva de la mala salud del país, carente de aquella vitalidad propia de una nación viva. No hay que olvidar nunca que las naciones también dejan de serlo por desuso.
 
Pero existe otro pacto - el pacto bilateral entre España y Catalunya-,que una parte de los catalanes, seguramente creciente, considera la única vía posible para encauzar el que antaño se llamaba problema catalán y hoy es percibido correctamente como el problema español. Así lo entiende el profesor Antoni Castells, quien, en la presentación de un libro de Josep Ramoneda - Contra la indiferencia-en el Cercle d´Economía, ha dicho: "En España, el centro no ha sido capaz de absorber la periferia, y la periferia no ha sido capaz de separase del centro. Ante esta situación, hay que pactar". Comparto el análisis - incapacidad para absorber e imposibilidad de separarse-,hasta el punto de que lo he reiterado en muchas ocasiones. Pero ahí termina mi coincidencia con Castells. Él auspicia - así me lo parece-un pacto entre España y Catalunya, que se limitarían a concertar sus respectivos intereses sin compartirlos, como si de dos entidades absolutamente autónomas se tratara, en el marco de una relación bilateral (es decir, confederal). Yo, en cambio, defiendo una revisión del pacto constitucional entre todos los españoles en términos de igualdad, para reformar la Constitución en sentido federal, desarrollando - a tal efecto-el Estado autonómico, sobre la base de que existen algunos intereses generales compartidos por todas las comunidades (a fin de cuentas, el Estado federal es una variedad del Estado unitario).
 
Preciso mi pensamiento en tres puntos: 1. Lo que Catalunya proponga a España, a través de una hipotética solidaridad catalana, no tiene por qué ser aceptado necesariamente por el resto de los españoles. 2. A España le interesa más una Catalunya independiente que una Catalunya ligada a ella por una relación bilateral, ya que, dado el extraordinario efecto mimético que Catalunya ejerce sobre el resto de España, su estatus bilateral se generalizaría con la consiguiente implosión del Estado. 3. Consecuentemente, España debe considerar la posibilidad de que Catalunya se independice si no acepta, por no convenirle, el marco de un Estado federal.
 
Debo añadir que la reivindicación del concierto económico que se propone llevar adelante CiU es - ami juicio-una versión reducida del pacto bilateral España-Catalunya postulado por Castells y, por tanto, tengo por seguro que será rechazada por España. La razón es la misma. Si Catalunya lo logra, ¿por qué no Valencia, Aragón, Baleares, Andalucía, etcétera? Se me objetará que lo tienen el País Vasco y Navarra. Cierto; es una anomalía histórica. Basta con una.
 
Doy por descontado que mi punto de vista es aislado y que, por consiguiente, los próximos tiempos contemplarán una marejada confederal, es decir, la búsqueda d´una miqueta d´independència.Frente a ella, creo que España debería optar por el repliegue, operación de enorme dificultad y muy distinta de la retirada. España precisa hoy replegarse para saber adónde la han llevado la cerrazón interesada de unos y la insoportable levedad de otros; para inventariar sus recursos, que son muchos, y ponerlos en disposición de ser utilizados; para precisar de forma clara qué es lo que quiere, hasta dónde puede llegar y cuál es el límite que jamás pasará; y para ejecutar, por último, las operaciones precisas para el logro de sus objetivos.
 
De acuerdo con este esquema, sostengo: 1. Que la única forma de preservar hoy la unidad de España es desarrollando el Estado autonómico en sentido federal, de modo que todas las comunidades autónomas tengan una relación idéntica con el poder central (federalismo simétrico funcional), aunque la extensión de sus competencias sea distinta (federalismo asimétrico material). 2. Que los dos grandes partidos españoles han de promover - buscando el consenso de las demás fuerzas políticas, pero sin que su logro sea un requisito imprescindible-una reforma constitucional que desarrolle en sentido federal el Estado autonómico, fijando además con claridad el reparto de competencias (sin cortapisas), y dejando por último - last but not least-la puerta abierta para que la comunidad que así lo decida pueda marcharse. Difícil. Lo sé.

"El PSC y el animismo" de Jordi Font

Article publicat a El Pais el 21 de desembre de 2010

Últimamente, vienen proliferando las apelaciones a las supuestas "dos almas" del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC). No es nuevo. Se trata, a veces, de una simple muleta retórica, útil para despejar algún análisis que se resiste. Otras veces, sin embargo, parece tratarse de algo bastante peor: de un conjuro de magia negra, del enésimo y nostálgico empeño por convocar el mal que no fue, por ver de darle cuerpo. Es decir, por ensayar, una vez más, la cristalización de Cataluña en dos comunidades contrapuestas, hegemonizadas por los extremos: de un lado, por los catalanes temerosos y reactivos ante las capacidades asimiladoras de lo español, reacios a las mezcolanzas y, así, proclives a la xenofobia; y, del otro lado, por los andaluces, murcianos, aragoneses, etcétera, que pudieran estar dispuestos a devenir contra-sociedad en Cataluña, a ejercer como avanzadilla asimiladora (el cínico cálculo de los jerarcas franquistas a propósito de la inmigración española en Cataluña). Este ya fue el escenario de confrontación al que tendieron algunos nacionalismos exasperados e inversos, desde primeros del siglo XX hasta hoy mismo: tanto el fenómeno lerrouxista y sus posteriores amagos como las sucesivas ensoñaciones a lo "Nosaltres sols".

A ello responde, hoy, de nuevo, la proliferación de médiums empeñados en convocar las "dos almas" del PSC, esos espíritus cuya misión sería hacerse con el socialismo catalán, tirar de él en sentidos contrapuestos hasta hacerlo pedazos, para poder así, a continuación, poseer la política catalana. Podrían hacer de Cataluña un infierno. El PSC, sin embargo, se fraguó a la medida de estas fuerzas obscuras y les es inmune o más inmune que nadie. Se trata, para el PSC, de viejos y desdentados demonios familiares, casi ya inofensivos por conocidos y gastados, motivo de chanzas festivas más que un peligro real.

En efecto, el PSC fue creado, en 1978, contra los atavismos que podían frustrarlo, contra el animismo primigenio que lo negaba y lo impedía. No se trataba de prescindir de las identidades, sino de evitar su dictadura y su irracional confrontación, con la consiguiente fractura social. Y se hizo de forma contundente. La receta: una voluntad obstinada de proyecto compartido, un designio ineluctable de causa común, con la cual pudieran identificarse los intereses y anhelos de toda la Cataluña trabajadora y, por extensión, de toda la ciudadanía. Frente a identidades petrificadas y en conflicto, identificaciones compartidas de futuro. Solo un gran partido socialista podía hacerlo, capaz de unir la diversidad, de promover un proyecto transformador e integrador. Y, como ocurre en todas partes, un partido socialista capaz de movilizar, no solo a los sectores sociales a los que representa más directamente, sino también a los sectores centrales de la sociedad, a aquellos que dan la hegemonía cultural y la mayoría electoral; es decir, un auténtico partido nacional (en nuestro caso, expresión genuina de los intereses de Cataluña). Ello es tanto como decir un partido capaz de erigirse en eje del catalanismo, de un catalanismo orientado hacia la izquierda, no nacionalista, ligado a la idea de una Cataluña innovadora y abierta, integradora, fiel a su futuro, obstinada por establecer una relación solidaria y justa con España, en el marco sine qua non de un esquema federal, plurinacional y policéntrico.

Un paréntesis al respecto. Algunos "progres" españoles se lían o juegan sucio: afirman que no corresponde al PSC ser catalanista, que no es lo suyo, que en ese terreno "siempre va a ser mejor el original que la copia" (mejor CiU que el PSC). ¿Dirían lo mismo del PP y el PSOE? ¿O entienden que el PSOE no puede abandonar la idea de España a la derecha? Me temo que no se limitan a ello, sino que hasta comprenden e incluso celebran los episodios en que el teórico federalismo del PSOE queda en mero rehén del nacionalismo del PP. Y que algunos incluso verían con buenos ojos un pacto PSOE-PP o viceversa que pusiera en cintura al "nacionalismo" periférico, porque el nacionalismo español no sería tal, sino pura "visión de Estado". Una visión desde la cual, en España, no cabría ni el proyecto español compartido del PSC ni la "conllevancia" hoy triunfante, trufada de independentismo estético. Por el momento, parece que no cabe el primero y sí cabe la segunda. En cualquier caso, sea en España o en Cataluña, sin necesidad de caer en estos u otros excesos, la credibilidad nacional de cualquier partido que quiera ser mayoritario resulta elemental e inexcusable. Aunque no se trata de una mera cuestión táctica: ningún socialista debería olvidar que el socialismo es el compromiso con todas las emancipaciones humanas: políticas, sociales, culturales, sexuales, medioambientales... y nacionales.

Decíamos: partido socialista, partido capaz de gobernar y, en consecuencia, partido nacional catalán. Pero no solo. Hacía falta también que este partido promoviera una concepción abierta de la cultura, capaz de acoger, reconocer e integrar a la población inmigrada, cuando fue solo de origen hispano como cuando llegó de todas partes. En este sentido, el PSC fue pionero de lo que posteriormente vino en llamarse "interculturalidad", en las antípodas de la "multiculturalidad" separadora: teorizó e impulsó el modelo de la "sociedad crisol", en la cual debía acomodarse la diversidad cultural, sin crear guetos estancos, sino en régimen abierto y de interrelación permanente, dando lugar a que fuera la selección social la que acabara determinando los ingredientes de la cultura común, de una cultura catalana permanentemente actualizada y plurilingüe. Un proceso que sigue su lento curso y, al cabo del cual, es fácil imaginar una fusión especialmente atractiva. Iba acompañado del imprescindible compromiso de todos en relación con la lengua catalana, la lengua específica del país, la que se juega su existencia en este preciso paisaje. Tres eran las coordenadas:

-La escuela común, con el dominio por todos del catalán como del castellano (mediante "inmersión" donde hiciera falta), para que todos tuvieran igualdad de oportunidades y para que ninguna de las dos lenguas quedara socialmente rezagada.

-Para la población adulta, bastaba con que entendiera las dos lenguas, de modo que nadie se sintiera forzado a cambiar de lengua para ser entendido; y con el derecho de todos a ser atendidos, por la Administración, en la lengua deseada.

-Y la discriminación positiva del catalán: la que se desprendía de su condición de lengua específica del país (y, pues, de su toponimia, de su rotulación básica, de su sistema institucional...); y la que correspondía a su desigual relación con la hermana gigante: la lengua castellana, la tercera del planeta, con 400 millones de hablantes.

Un modelo cultural y lingüístico alabado y distinguido por las correspondientes autoridades europeas, que no ha producido ninguna conflictividad social digna de mención, sino que ha neutralizado o atenuado las que eran de esperar, que ha sido defendido por ayuntamientos metropolitanos, centrales sindicales, asociaciones vecinales, grandes colectivos de maestros y profesores como de madres y padres de alumnos..., y que es uno de los más abiertos e integradores que existen. Por eso mismo, no gusta a los animistas.

Como no les gusta el PSC, artífice fundamental de este modelo y baluarte de la unidad civil del pueblo de Cataluña contra las viejísimas ánimas que querrían poseerlo, azuzadas por los conjuros de los médiums que suspiran por manejarlas a su antojo. El PSC fue y es, como corresponde a un gran partido, un abanico amplísimo de identidades, de querencias, de orientaciones. Cada quien con su almita singular, hecha de retazos, amores y desgarros variopintos. El PSC es muchas cosas. Pero jamás fue "dos almas". No habría nacido. Si nació y existe es porque tomó la medida y doblegó a esas fuerzas obscuras. Es más: hizo de ello su razón de ser y puso en ello su emoción, día tras día, año tras año, etapa tras etapa. A quienes lo vivimos, nos cambió, nos hizo crecer, nos enriqueció, como solo enriquece el acceso al otro, la prodigiosa ampliación de horizontes que supone. Por eso, nos rechinan los oídos cuando, desde la ignorancia o la peor intención, alguien apela a las tópicas "dos almas". El PSC fue y es una voluntad reiterada de proyecto compartido, un imperativo pertinaz de causa común. Este es su código genético. Si quieren, esta es su alma, única y obstinada. Por más que les pese a los animistas.

"Quitar caras, parir ideas" de Francesc-Marc Álvaro

Article publicat a La Vanguardia el 20 de desembre de 2010

Se retiran, cesan, se despiden varios dirigentes políticos catalanes y, sobre todo en el PSC y en ERC, se habla de la imperiosa necesidad de alentar la aparición de caras nuevas que se hagan cargo de la situación surgida tras las elecciones del 28 de noviembre. Algunos de los posibles recambios de Montilla y Puigcercós aducen que el debate no debe ser sobre nombres sino sobre ideas, y no sabemos si lo dicen para frenar los rumores o porque, en realidad, piensan que los conceptos pueden separarse de los liderazgos. Espero que, en su fuero interno, no duden ni un segundo de algo fundamental: en política, las ideas que mueven un proyecto están soldadas a la personalidad de quienes las dirigen, las interpretan y las convierten en decisiones. Por ello es absurdo plantear una discusión sobre los caminos que tomarán PSC y ERC al margen de la discusión sobre el perfil de aquellos que deberán encabezar estas siglas. El liderazgo no es la guinda que corona un proyecto político escrito al margen de su principal valedor, sino una suma de voluntad, visión y conceptos.

Es más difícil parir ideas que sirvan para redibujar un relato político que borrar las caras que se han quemado en una contienda democrática. Pero el alumbramiento de líderes es una tarea donde los anhelos personales y la formulación de un nuevo proyecto avanzan en paralelo, surgiendo de una sutil, laboriosa y oscura dialéctica entre las intuiciones de un grupo reducido de individuos y las fuerzas que estos consiguen reunir bajo un mismo estandarte. Tomemos un caso clásico para ilustrar lo dicho: J. F. Kennedy no era todavía el líder de la Nueva Frontera cuando el 2 de enero de 1960 anunció que competiría en las primarias del Partido Demócrata para obtener la nominación de candidato a la presidencia de EE.UU. Las ideas del mítico presidente se amasaron a medida que su equipo iba ganando una batalla durísima contra los otros aspirantes y contra los diversos sectores que le veían como un senador mediocre y un millonario hijo de papá. La paradoja es que la mayor resistencia interna provenía inicialmente del ala más progresista del partido, que se vio luego rebasada por un programa presidencial de un reformismo ambicioso. Kennedy todavía no sabía cómo sería Kennedy cuando se lanzó a la piscina, y lo descubrió sobre la marcha.

Regresemos a nuestro país y al presente. Socialistas y republicanos deben arremangarse. En cierto modo, el PSC está llamado a refundarse, aunque en la calle Nicaragua no usen este verbo, por ser excesivamente dramático. Esquerra Republicana, en cambio, necesita encontrar su centro de gravedad en un mapa político que, como explicó muy bien ayer en estas páginas Carles Castro, está sometido a mutaciones de largo alcance. Sin ideas claras (bien a salvo de la táctica y el marketing circunstancial), los nuevos líderes no podrán asumir este desafío, y de nada servirán tampoco las brillantes teorías si, a la vez, no aparecen figuras de calado que las sepan adaptar a la realidad.

"Un paso en la buena dirección" de Germà Bel

Article publicat a La Vanguardia el 21 de desembre de 2010

Es muy buena noticia que el puerto de Barcelona esté conectado con Francia en ancho internacional de vía, porque esto aumenta la competitividad del tráfico de mercancías. La solución adoptada es algo tortuosa, pero efectiva; el uso inicial es muy limitado, pero sus posibilidades aumentarán en el futuro. Un buen paso, en un camino que todavía tiene mucho por recorrer.
 
La visión catalana de la conexión ferroviaria con Europa estuvo dominada hasta hace poco por un error: el acento excesivo en la conexión de viajeros, y la minusvaloración de la conexión para mercancías. Las mercancías tienen menos glamur que los viajeros. Pero, y esto es crucial, el avión seguirá siendo por décadas el modo principal de conexión de viajeros entre Catalunya (y España) con Europa, por mucha mejora del ferrocarril que se haga. Es y será cuestión de precio y tiempo de viaje entre alternativas. En cambio, la conexión de mercancías con Europa necesita el refuerzo del ferrocarril para restar tensión a la carretera, reducir la congestión y mejorar el medio ambiente y la siniestralidad. Por ello puede ser protagonista en distancias largas.

El enfoque erróneo de la política catalana comparte responsabilidad en el monumental atraso de dotación de ferrocarril en el corredor mediterráneo. Aunque la responsabilidad principal recae sobre quien ha ocupado y ocupa el poder y controla los recursos: la conexión de las regiones mediterráneas entre sí y con Europa nunca ha sido relevante para una política española obsesionada desde 1720 por la radialidad, como documento en mi libro España, capital París.De ahí que la única prioridad española con rango oficial en la red ferroviaria europea de mercancías es la central, por Madrid y, por tanto, muy lejos de los grandes puertos españoles.
 
Es importante que las instituciones políticas y económicas de Catalunya hayan puesto las mercancías en el centro de sus preocupaciones. El desarrollo del corredor mediterráneo y su conexión con los puertos lleva mucho retraso, y no debe acumular más. Es necesario conseguir que la política de infraestructuras del Gobierno abandone su obsesión por líneas de AVE que llevan a ninguna parte (en términos de demanda efectiva) y priorice ¡ya! el fomento de la productividad. Sobre todo, porque la herencia de tres siglos de obsesión radial podría llevar al Gobierno a pensar que "lo del corredor mediterráneo que se lo paguen los usuarios (pero el resto no), pues allí sí que hay tráfico". De ser así, sería más de lo mismo: tarde y mal (con desventaja competitiva). Seguro que ya llegamos tarde, pero aún estamos a tiempo de llegar bien. Eso sí, sólo si las instituciones públicas y privadas de las regiones mediterráneas presionan juntas en la buena dirección.

dimarts, 21 de desembre de 2010

"Ja no sé ni si sóc dels nostres" de Joan Ollé

Article publicat a El Periódico el dia 19 de desembre de 2010

Pornogràfic això de l'encara president Montilla amb l'encara consellera Tura: amarradets tots dos, espumes i vellut -o presa de pèl- aviam si cola l'impossible, i després de la debacle tal dia farà un any i que vingui el panxacontenta de Nadal a matar el gall i a la tia PP donar-n'hi un tall, a l'espera que la guerrera Chacón faci sortir al carrer els tancs del postzapaterisme. I el somrient Hereu, amb més fe que el seu Benet, alcaldejant l'ambient amb això que, a la que el beneeixi el papa Pepe Primer de Catalunya i Cinquè d'Iznájar (¿¿¿amb quina autoritat???), això del cap i casal ho arregla en un tres i no res.
¿No passegen pel carrer aquests senyors? ¿No miren, no veuen, no escolten, no senten? ¿Encara no s'han assabentat de la magnitud de la decepció que han provocat amb el seu autista (zaragozista o collbonista) nicaragüisme? ¿Com es pot esperar que aquests experts en enrocs i enquistaments liderin la renovació del seu partit partit? Potser la solució la tenen a casa i no volen adonar-se'n.

A Esquerra Republicana, ja farts de la seva pròpia cantarella, han tingut l'audàcia de confiar al nouvingut Tresserras una severa auditoria dels seus mals: la xuleria -segons el meu parer-el primer, com si vinguessin d'un planeta millor. Els d'Iniciativa no canviaran el seu discurs encara que a més d'un li resulti d'una altra època, quan no manava el senyor comte i la revolució i la coliflor eren encara possibles.

¿S'imaginen que aquestes avui malparades formacions invertissin valentament els quatre -o Mas- anys de guaret que els esperen a desfer-se dels seus pitjors personatges, vicis i caricatures -España una, in-de-pen-dèn-ci-a, verde que te quiero verde...- i, asseguts al voltant d'una taula, com en el forçat tripartit però lluny de tot poder, els millors redactessin un acord de mínims sobre quin ha de ser el paper de l'esquerra -i si aquesta és possible- en aquest encara molt jove segle XXI?

dilluns, 20 de desembre de 2010

"Progreso global para todos" de Jesús Caldera i John Podesta

Article publicat a El Pais el 20 de desembre de 2010

A punto de cerrar 2010, tenemos la oportunidad de reflexionar sobre los retos de la próxima década y la forma en la que los progresistas queremos abordarlos. Por eso, la Fundación IDEAS y el Center for American Progress organizaron recientemente un encuentro internacional en Nueva York al que asistieron líderes de primer nivel como Clinton, Blair, González o Rasmussen. Los reunidos establecieron un diálogo intergeneracional fructífero del que ya pueden extraerse algunas conclusiones.

En primer lugar, compartimos que el origen de la crisis se debe al reciente periodo de políticas conservadoras y neoliberales. Los líderes reunidos fueron protagonistas de las mejores políticas progresistas durante los años noventa. Obtuvieron logros ampliamente reconocidos en términos de crecimiento económico, empleo, equilibrio de las finanzas públicas y cohesión social. El camino para conseguirlo fue la promoción de los mercados inclusivos, de la responsabilidad social de las empresas, la profundización en la calidad democrática y el desarrollo de un Estado generador de nuevas oportunidades y mejores garantías sociales. Como resultado, una mayoría de ciudadanos comenzó a vivir mejor y a mirar de forma más optimista al futuro.

Sin embargo, tras los atentados del 11-S, las fuerzas neoconservadoras encontraron la posibilidad de desarrollar una agenda mucho menos ambiciosa para las aspiraciones de la mayoría y concentrada en el populismo político, el proteccionismo económico y la desconfianza social entre los seres humanos. En términos políticos, se amplió la desregulación financiera, proliferaron los intereses corporativos y se redujo el apoyo a los más débiles, mientras se construía una nueva ilusión financiera. Y en términos anímicos la sensación de riesgo y temor aumentó. Allí se incubó la crisis que hoy vivimos, no solo en su dimensión económica, sino también en su fuerte dimensión social y medioambiental.

En segundo lugar, nuestros debates coincidieron en otra importante conclusión. Hoy vivimos en un contexto mucho más complicado, porque a los problemas descritos se unen transformaciones estructurales asociadas a la catástrofe climática, los movimientos demográficos y los cambios tecnológicos. Además, el tablero de juego para encontrar nuevas soluciones ya no es local sino global. El reto de los progresistas hoy consiste en contrarrestar las políticas conservadoras de recortes dañinos e injustificados con una agenda de reformas innovadora que ofrezca un futuro mejor. Y, mientras aprendemos de las experiencias de nuestros éxitos pasados, no debemos sucumbir al deseo nostálgico de proponer las políticas que tuvieron éxito en un mundo que ya no volverá.

Nuestro encuentro no quedó en la resignación. Ante las dificultades no podemos esconder la cabeza o reducir nuestra acción a la defensa de conquistas pasadas. La salida no está en el proteccionismo, ni en el miedo a las economías emergentes, ni en el desprecio a la diversidad cultural, ni en los recortes hacia los más débiles. Esa es la agenda del inmovilismo conservador, y los progresistas nos caracterizamos por la mirada audaz y responsable hacia adelante. Nuestras respuestas siempre han tenido éxito cuando han ofrecido una visión optimista de un futuro basado en los valores de la libertad, la justicia social, las oportunidades y la convivencia. Esos valores siguen siendo fundamentales y por ello nuestra tarea más urgente es encontrar los nuevos instrumentos que hagan posible su plena realización.

En primer lugar, coincidimos en que la austeridad fiscal es bienvenida siempre que los esfuerzos estén repartidos entre todas las capas sociales, y siempre que generen espacio fiscal para acometer las inversiones económicas y sociales del futuro.

En segundo lugar, esa austeridad no es un fin en sí mismo, sino que debe ir acompañada de reformas en una economía más sostenible y en una nueva sociedad que conceda oportunidades a todos. Las nuevas industrias verdes, la expansión de los sectores dedicados a la cohesión social, y el apoyo a todas las innovaciones tecnológicas son políticas muy rentables económicamente si están diseñadas con un enfoque dinamizador. Es la clave para recuperar el empleo y aumentar la calidad de vida de la clase media.

Y por último, si queremos que los cambios tengan un carácter progresista y mejoren la seguridad de todos, precisaremos una cooperación institucional, una mejor gobernanza global y una mayor solidaridad internacional.

Los progresistas ya se han enfrentado muchas veces en la historia al reto de restaurar la esperanza y las oportunidades y volveremos a hacerlo. En esta ocasión, no lo haremos de forma aislada, sino en asociación con los demás. Porque, aunque aún las decisiones políticas sean locales, todos los problemas y las soluciones son globales. Queremos que esta nueva iniciativa de Progreso Global, que volverá a reunirse en Madrid en la próxima primavera, sea el foro adecuado para articular todas esas respuestas de futuro de forma compartida. Y haciendo honor a la mejor tradición progresista, invitamos a todos a aportar su esfuerzo y sus mejores ideas en este proceso que ahora comienza.

"Saber callar" de Joaquim Coello

Article publicat a El Periódico el dia 18 de desembre de 2010

Les manifestacions clares, contundents, valentes, compromeses honoren qui les fa. Un és sempre responsable de les seves paraules i assumir el risc de prendre partit i posicionar-se sempre implica el perill d'equivocar-se, especialment quan això es produeix en circumstàncies de confusió, indefinició o canvi. Però els silencis poden ser igualment arriscats i són sempre molt més sacrificats, és a dir suposen un esforç més gran sense compensació perquè no es fa explícita la seva raó. Els canvis de totes les estructures de poder des de dintre suposen fer compatible el canvi -i el canvi mateix- amb lleialtat a les institucions, a les estructures de les quals es forma part. Es crea una tensió entre la voluntat de canvi i la pertinença a una estructura, a una jerarquia que es vol perpetuar, per raons consubstancials a aquesta. Es tracta d'una reacció inevitable i absolutament lògica.

La revolució és fàcil o, si es vol, senzilla en el plantejament perquè suposa el canvi del blanc pel negre, sense matisar, de la mateixa manera en què en els sistemes informàtics tot es redueix al zero o a l'u, al sí o al no. És a dir, es passa del que hi ha a una nova realitat que abruptament substitueix l'existent. El canvi des de dintre és sempre, quasi sempre, evolutiu si no es vol trair la institució i resulta més difícil i complex perquè es vol canviar però sense destruir, substituint, en part, preservant molt del que existeix. Si aquest canvi des de l'interior de l'estructura es fa massa explícit, si la denúncia del que es considera obsolet o ineficient o millorable és massa explícita, es pot transitar amb facilitat de l'evolució a la revolució malgrat que el plantejament es faci sobre la primera hipòtesi i es vulgui aquesta i no la segona.

Explicar els matisos és complex i també resulta difícil d'entendre. La gent, en general, vol saber qui són els bons, quina és la bona raó, qui la té i per què la té. És evident que és més fàcil explicar la revolució que la reforma i, per tant, és més fàcil l'adhesió a la simplicitat de la revolució que la complexitat de l'evolució.

Els consells socials de les universitats públiques són responsables del pressupost, és a dir de la despesa i la seva gestió, però això correspon a l'equip rectoral, com a autoritat executiva màxima de la universitat. La dificultat d'aquest esquema deriva del fet que l'autoritat executiva superior de la universitat és el rector i que la funció supervisora del consell social és qüestionable des del moment que no disposa d'una autoritat no executiva però sí estructural.

Així doncs, per al consell social hi ha, en l'estructura actual, dues alternatives: o bé ratificar el que l'equip rectoral decideix i fa, o bé entrar indefectiblement en conflicte amb aquest quan es produeix una disparitat de criteris en base a la seva responsabilitat, a la qual s'exigeixen comptes per l'autoritat auditora pública a Catalunya, la Sindicatura de Comptes.

La llei d'universitats actual parteix d'un principi pervers: dóna la màxima autoritat de gestió al rector però semblaria que no se'n fia del tot perquè imaginaria que pot estar sotmès a pressions internes interessades, i li detreu l'instrument màxim de gestió que és el pressupost que atorga a un consell social que representa la societat, però que no té autoritat per sobre de la del rector perquè es defineix més com un balanç de poder de la línia executiva que com a autoritat superior supervisora. No pot funcionar donar l'autoritat màxima a una persona i fiscalitzar-la per un ens que no està per damunt -més aviat per sota- de l'autoritat màxima de la universitat que a Europa des del segle XIII ha estat personalitzada per la figura del rector. La reforma ha fet compatibles aquests dos principis. I també és cert que la capacitat del rector per nomenar i remoure els seus col·laboradors executius està també limitada, i això no és una dificultat menor per a la gestió.

Cal modificar les lleis que governen les nostres universitats separant el debat inherent a l'activitat intel·lectual que suposa la universitat de la gestió, estratificar les diferents responsabilitats i definir la cadena de passar comptes definint qui fa què i qui és el responsable de què. El trasllat directe de l'esquema de govern empresarial tampoc és vàlid perquè es tracta de convèncer les intel•ligències i alinear fins a un cert punt les voluntats. Sens dubte aquest és un dels problemes profunds del sistema de governança de les nostres universitats. És per això que avui més que mai es parla de la seva reforma, perquè de la confusió en l'autoritat es deriva la confusió en la responsabilitat que no ajuda a l'eficàcia de la gestió.

Fer això des de dintre de la universitat no és fàcil i és possible que amb voluntat d'evolució i no de revolució en el canvi, com a president del consell social de la Universitat de Barcelona, ja hagi traspassat la difusa frontera entre l'impuls del canvi i la lleialtat a la institució a la qual em dec. La indefinició de la frontera hauria de ser una excusa per la potencial falta aquí comesa.

divendres, 17 de desembre de 2010

¿Adónde va Europa? de Sami Naïr

Article publicat a El Pais el 16 de desembre de 2010

Después de Grecia, Irlanda. Después, probablemente Portugal. A continuación, no lo sabemos. Lo que es seguro es que varios países están amenazados por los mercados. España ya está en el punto de mira. Pero con el debido respeto por los demás, España no es lo mismo. Es la cuarta economía de Europa (12% del PIB europeo), y es un peso pesado de la política europea. La deuda española es efectivamente tres veces superior a la griega, su déficit gira desde hace dos años en torno al 10% del PIB, y el desempleo, que afecta a todas las franjas de edad, se sitúa en realidad por encima del 20%. Si España recurriera al fondo de rescate europeo, eso abriría también y de manera inevitable el camino a acciones especulativas contra Italia y Francia, y significaría un giro decisivo para Europa.
La paradoja es que la estrategia europea de salida de la crisis mundial (desregulación de los mercados de trabajo, deflación salarial, desempleo estructural, restricciones presupuestarias, privatizaciones masivas), vuelve más voraces aún a los mercados que, de ahora en adelante, lo quieren todo y les parece que nunca se hace bastante. Esta estrategia, fundamentalmente recesiva, provoca un aumento legítimo de las reivindicaciones sociales y políticas, y da lugar a unas preguntas que las opiniones públicas ya comienzan a formularse espontáneamente. Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, expresa sin ambages este estado de ánimo: "Para Atenas, Madrid o Lisboa, se planteará seriamente la cuestión de saber si les interesa continuar el plan de austeridad impuesto por el FMI y por Bruselas, o, al contrario, volver a ser dueños de su política monetaria" (Le Monde, 23, 24 de mayo de 2010).

Aún no hemos llegado hasta aquí pero, si no cambiamos las reglas de juego, la división de la zona euro se volverá una hipótesis seria. Pues está claro que no podremos resolver esta crisis solamente con medidas restrictivas que apunten a las poblaciones más expuestas (clases medias y populares), y menos aún con unas medidas técnicas vinculantes como las apoyadas por Alemania y Francia para activar el fondo de rescate. El presidente del Bundesbank alemán, Axel Weber, ha dado a entender, durante una visita reciente a París, que los 750.000 millones de euros deberían ser de todos modos aumentados si España recurriera al fondo. Lo cual no debe de haber gustado al ministro alemán de finanzas, Wolfgang Schäuble, que, en una entrevista en Der Spiegel (8-11-2010), ha cortado a cuchillo en dos fases para quienes no las respetaran las líneas rojas de esta ayuda: durante la fase crítica, prolongación de vida de los créditos y, si eso no basta, los inversores privados deberán aceptar una depreciación de sus préstamos a cambio de garantías para el resto. Eso viene a ser lo mismo que agitar el capote delante de los inversores privados.

Estos han reaccionado inmediatamente poniendo de rodillas a Irlanda y cercando a Portugal, antes de señalar a Bélgica y a España. ¿Cuánto falta para que pasen al ataque? El margen de confianza que conceden a los diferentes países de la zona euro ya es insostenible: Alemania encuentra compradores de sus bonos de una media del 2,7%, mientras que España los negocia en el mejor de los casos en torno al 5% y Portugal al 6,7%. Los países endeudados prestan pues a unas tasas cada vez más prohibitivas y, si a veces logran ganar unos puntos, solo es porque el banco central compra unos bonos, cosa que no podrá durar mucho tiempo.

En realidad, asistimos a una verdadera guerra de los mercados contra los Estados. Cuando empezó la crisis, apunté (La victoria de los mercados financieros, EL PAÍS, 8-5-2010) que los mercados iban a someter a prueba la capacidad de resistencia de los Estados y de los movimientos sociales, y que, en caso de una debilidad probada de los europeos para definir una estrategia progresista común frente a la crisis, los inversores iban a incrementar su ventaja atacando frontalmente a los Estados más frágiles. Objetivos: desregularizar aún más los mercados internos y exigir más privatizaciones. Es exactamente lo que está ocurriendo hoy. Lo que vemos en lo sucesivo ante nuestros ojos es una nueva contrarrevolución social thatchero-reaganiana. La cuestión es saber si las sociedades europeas van a aceptarlo. Pero en este pulso, el estatus del euro es un test definitivo: ¿será por fin puesto al servicio de la promoción de un modelo social sostenible o se volverá el vector de la destrucción de los restos del Estado de bienestar europeo?

A partir de ahora, el problema para Europa ya no es económico, sino político. Si las medidas técnicas adoptadas no logran resolver las dificultades de los países europeos, ¿veremos la división de la zona euro anunciada por Stiglitz? ¿Y qué forma revestirá? ¿Una zona euro reducida a seis, sin España? ¿Una zona basada en el desacoplamiento entre una moneda única para la pareja franco-alemana y algunos más, y una moneda común para el resto? ¿Un retorno a las monedas nacionales? Y en este caso, ¿qué será del mercado único? Por supuesto, oímos cada día a responsables políticos afirmar que estas hipótesis son impensables: ¿pero estamos seguros de que controlan los flujos monetarios? ¿No están sometidos al unísono a los dictados de la Bolsa? Todo puede ocurrir.

En realidad, está en juego el porvenir del proyecto europeo. Las reglas de funcionamiento del euro previstas por el Tratado de Lisboa entran cada vez más en contradicción flagrante con las divergencias de desarrollo de los diversos países de la zona. Ningún Gobierno se atreve aparentemente a poner en duda los dogmas que sostienen el Pacto de Estabilidad, aunque en lo sucesivo nadie los respete. Pero si queremos salvar el euro, hay que flexibilizar estas reglas. E incluso, tal vez cambiarlas. Es vital establecer, de ahora en adelante, una coordinación fuerte de las políticas económicas europeas, aunque Alemania, tutora del Banco Central, no quiere oír hablar de un "gobierno económico". Aquí está el corazón de la batalla para la supervivencia de la zona euro, y no en las solas medidas coercitivas previstas por el acuerdo adoptado el 28 de octubre en Bruselas.

Para relanzar Europa, esta coordinación deberá afrontar al menos cuatro grandes tareas: 1) Una protección del espacio monetario europeo, regulando efectivamente, como por cierto se había previsto en la reunión de la UE el 18-5-10, los Fondos de inversión alternativos y sobre todo los instrumentos ultraespeculativos (hedge funds, private equity, CDS). Eso supone que se pueden pedir explicaciones a Reino Unido para que ponga fin a la política desestabilizadora de la City, principal plaza especulativa mundial. 2) Una mutualización de las deudas públicas europeas con la creación de unos "bonos europeos" para los países endeudados que habrían recurrido al fondo de rescate. Para evitar que aumente la desconfianza de los mercados, Alemania debe aceptar que la activación del mecanismo de rescate sea, bajo unas condiciones precisas, mecánico y no negociable cada vez, como es el caso ahora. 3) La realización de un préstamo para financiar una gran política pública europea de crecimiento, de creación de empleo y de investigación-innovación, lo que supone una reforma de los estatutos del Banco Central. 4) Una armonización fiscal común de la zona euro apoyada con un refuerzo de los fondos de cohesión para los países en dificultades.

Estas medidas tendrían un efecto de arrastre prodigioso. Harían reflexionar a los inversores y crearían un impacto psicológico salvador para movilizar a los pueblos europeos. En realidad, la elección es simple: o bien Europa saldrá de esta crisis reforzada y capaz de afrontar la nueva geopolítica de la economía mundial oponiendo a los mercados un interés general europeo, basado en unas estrategias cooperativas entre las naciones europeas, o bien, empantanada en sus egoísmos nacionales, acabará por estallar en cenizas moribundas.

"Perdidos" de Esther Vera

Article publicat a El Pais el 16 de desembre de 2010

Dicen los astrónomos que el nuestro es un universo de bolsillo. Una pequeña magnitud del infinito. Nuestro país es una pequeña comunidad perpleja dentro de ese bolsillo, con menos especificidades de las que nos gustarían, y con una crisis económica y un comportamiento político que ha virado también al centro derecha como en buena parte del mundo democrático. La izquierda catalana va a la deriva acompañada de la mayoría de sus socios planetarios e impulsada por sus errores particulares.

Los cambios sociales han sido más rápidos que la adaptación de la izquierda, que ha perdido conexión con los ciudadanos

La izquierda superó el neandertal con la socialdemocracia, pero esta necesita una puesta a punto para hacer frente a los desafíos de la peor crisis económica tras la II Guerra Mundial y la adaptación a la globalización de la economía y de la comunicación.

Las transformaciones sociales han sido más rápidas que la adaptación política de la izquierda, que ha perdido conexión con los ciudadanos. La clase obrera dejó hace mucho tiempo de ser su filón electoral y las clases medias desertan cuando no perciben respuestas a sus incertidumbres y sus miedos crecientes.

En un mundo que se transforma apareciendo más pequeño pero más hostil, los electores son cada vez más flexibles, menos ideológicos y valoran peor los dogmatismos. Mientras tanto, la izquierda mantiene ideas y estructuras que les bloquean la adaptación a los tiempos y a la clientela electoral.

La socialdemocracia catalana, como la de otros países europeos, también ha regalado a la derecha las políticas de seguridad e inmigración y ha permitido que se le identifique como incapaces de liderar el crecimiento económico. Hurtar el debate solo permite que otros lo hagan suyo.

La socialdemocracia, ya sea en Cataluña, en España, en Francia o en Gran Bretaña, tiene que establecer unas nuevas relaciones con el mercado. Si no quiere quedar fuera de la alternancia política, la izquierda tendrá que reformular su idea de la dimensión del Estado. La izquierda debe cuadrar el círculo demostrando a la vez respeto por el mercado y la defensa de unos servicios públicos adaptados a unas arcas públicas vacías. Tiene que aceptar y defender la reforma del Estado del bienestar para hacerlo más pequeño y más eficiente, lo que solo conseguirá restableciendo las prioridades. No habrá Estado del bienestar sin reforma y sin situar como principal prioridad que el ascensor social funcione. Para ello tiene que crecer la economía y restablecer las prioridades de gasto social con la educación como máxima prioridad y la sanidad universal como un valor extraordinario que preservar.

Si la socialdemocracia continúa fuera de juego, será la derecha la que lidere la salida de una crisis producida en gran medida por las políticas de sus sectores más extremos. Se diluirá su capacidad de influencia en el ámbito mundial del comercio o la regulación financiera y oirá impotente cómo la derecha se erige en defensora de las políticas sociales por las que no ha apostado.

La izquierda sufre también por su rigidez. Por la falta de flexibilidad para liberar ideas, personas y premiar la iniciativa. La misma rigidez ideológica y de funcionamiento de los partidos tradicionales impide que emerjan nuevos liderazgos sólidos porque se premia la obediencia, el silencio y la adhesión al líder. Se confunde el miedo a disentir con la disciplina.

Los socialistas catalanes tienen por delante un debate intenso sobre ideas, personas, el tipo de organización y el grado de profesionalización que les permita renovarse y ofrecer un proyecto creíble a los ciudadanos. El bucle de la discusión sobre su grupo en Madrid no es irrelevante aunque la cuestión de fondo es su verdadera capacidad de influir ideológicamente en el PSOE. Por lo que respecta a un liderazgo sólido, el PSC sabe que no se improvisa, ni se impone. Deberán buscar a alguien capaz de tener ideas y ejecutarlas. Alguien capaz de crear equipos y liderarlos con prestigio intelectual, capacidad de trabajo y de comunicación. Deberán saber destapar a tiempo la olla a presión.

"Los próximos cuatro años" de Ferran Mascarell

Article publicat a La Vanguardia el 9 de desembre del 2010

Si todo va normal, la legislatura que ahora empieza durará hasta finales del 2014. Suena lejano, pero pasará deprisa. El 2014 será un año de previsible subidón simbólico. Se cumplirán 300 años de los hechos del 11 de septiembre que sustenta la vindicación nacional de los catalanes. Es de suponer que en cuatro años va a coincidir la reflexión sobre el pasado lejano y unas nuevas elecciones autonómicas. No sé si para entonces habremos comprendido - y hecho comprender-que los aspectos más singulares del malestar social y el estrés político que se vive en Catalunya tienen que ver con el sobreesfuerzo que supone el inacabable pleito político entre Catalunya y el Estado. En realidad todo acaba en lo mismo. Las herramientas políticas que posee la autonomía catalana y su capacidad de intervención en las políticas del Estado son cuando menos insuficientes.

El problema de fondo que se viene arrastrando desde tiempo inmemorial es que el Estado actúa con criterios demasiado alejados de los intereses de los ciudadanos de Catalunya. Sin herramientas de Estado adecuadas, es difícil afrontar la crisis y el paro. Sin herramientas y poder, difícilmente se articula un nuevo industrialismo, una decidida economía del conocimiento, una mejor educación o se modifican los principios culturales de fondo. Sin un Estado predispuesto no se consigue una financiación más adecuada, infraestructuras avanzadas y políticas económicas a la altura de las circunstancias. Ese es el punto en el que muchos se confunden. El problema actual de los catalanes - como lo ha sido durante casi 300 años-es la incomodidad con la acción del Estado.

No lo es una supuesta obsesión enfermiza con la identidad. Incomodidad e identidad se vienen dando la mano desde hace siglos. El catalanismo que hemos conocido no hubiese existido con un Estado más proclive a defender los intereses políticos, económicos y culturales de los catalanes.

Todo apunta a que la nueva legislatura será necesariamente pragmática - la crisis obliga-.Pero se equivocan quienes piensan que menguarán las cuestiones de la identidad. Se hablará más que nunca de catalanismo, de soberanismo, de federalismo y de independencia, y en realidad sólo se estará hablando de la crónica incomodad de los catalanes con el Estado español actual. Tal vez se entienda que la sentencia contra el Estatut ha sacado del armario un proverbial pudor histórico de la sociedad catalana a enfrentarse con el Estado, a hablar de él, a imaginarlo, a hacerlo propio. Los resultados electorales indican que ha ganado quien mejor ha sintetizado la idea de que Catalunya es una nación, una nación que no quiere aventuras independentistas, pero que ha perdido el miedo a pensar en ello; una nación que desea más Estado, compartido o exclusivo, pero en cualquier caso mucho más eficiente.
 
Mi apuesta es que perderán protagonismo la independencia o el federalismo de manual y tomarán consistencia formulaciones mucho más precisas sobre el modelo y la forma de Estado que Catalunya necesita para salir adelante. Se hablará más del Estado como sinónimo de la herramienta eficiente capaz de defender los intereses de ciudadanos que viven en Catalunya y menos del Estado como abstracción. Se hablará del Estado en términos reales, como una geometría variable de soberanías repartidas entre las competencias autonómicas, las que posee Europa y las que administra el Estado central. Tal vez la sociedad catalana se atreva a dibujar con precisión qué Estado quiere y a establecer las alianzas para lograrlo. Veremos. Los acontecimientos de 1714 confirmaron que la construcción del Estado español se haría desde una matriz castellana, con una capital - Madrid-que se quería como París, con la lengua de Castilla como argamasa cultural, con la política y los instrumentos del Estado absolutamente centralizados. Desde entonces todas las políticas se destinaron a esos fines. Los burgueses catalanes se acostumbraron a mirar el Estado de lejos. Pedían aranceles proteccionistas y el préstamo de las fuerzas de orden cuando los obreros se revolvían. La pequeña burguesía se acostumbró a mirar el Estado como algo impropio que imponía impuestos y daba pocos servicios. Los trabajadores catalanes se acostumbraron a ver el Estado como represor y absolutamente contrario a sus intereses; por eso arraigó el anarquismo. Con pocas excepciones, el Estado ha sido visto como algo lejano, inoperante, propiedad de otros y escasamente útil en la defensa de sus intereses culturales, económicos y políticos. Pocas generaciones se han sentido cómodas con él. La fuerza y las leyes impuestas adjudicaron a Catalunya un papel secundario en la construcción del Estado moderno. Ese es el problema de fondo que nunca se ha conseguido resolver. La incomodidad de los catalanes y sus anhelos de identidad se fundamentan en ello y no en una manía de la identidad por la identidad.Tal vez la proximidad del 2014 servirá para recordar que cuando el Estado es eficiente y propio gran parte del anhelo de identidad se absorbe en la práctica política democrática.

dijous, 16 de desembre de 2010

"Receptes per al PSC" d'Antoni Dalmau

Article publicat al diari Avui el 15 de desembre de 2010

El poder polític que tenia a les mans el PSC i la magnitud de la derrota recent en les eleccions al Parlament han estat tan grans, tan ostensibles, que ara tothom s'afanya a brindar-li explicacions i receptes. És evident que, quan les coses no funcionen, cal modificar missatges, pautes de conducta i equips de direcció, per tal de redreçar el rumb de la nau i tornar a aparèixer davant els ciutadans com el partit que inspira més confiança. Però, més enllà del debat intern, que hauria de ser profund i transparent alhora, aquests dies s'ha produït des de fora i des de dins un bombardeig precipitat de pressions i de fórmules de salvament miraculoses que, tot i ser ben comprensibles, sorprenen una mica.
 
Posats a buscar explicacions a la desfeta, sorprèn una vegada més el simplisme i fins i tot la malícia d'uns quants dirigents del socialisme espanyol que mai no han paït el grau d'autonomia amb què funciona el PSC pel que fa al propi projecte polític. Un grau d'autonomia que a molts ens sembla encara insuficient, no cal dir-ho, però que per a ells, si poguessin verbalitzar-ho sense embuts, els resulta senzillament intolerable. Als ulls d'aquests tristament anomenats barons, el mal dels socialistes catalans prové d'una sola deriva: l'excés de nacionalisme, els acords amb ERC, la perillosa aventura d'un nou Estatut. La crisi econòmica, les mesures adoptades pel govern espanyol, les febleses de la socialdemocràcia europea en aquest inici de mil·lenni... tot això no sembla que compti per a aquesta visió neocentralista, que aparentment no s'immuta davant unes estimacions de vot a escala espanyola –per tant, ben lluny del paisatge català– que atorguen un avantatge molt preocupant en benefici del PP. En aquest sentit, l'actitud d'aquests barons no fa més que plasmar la bretxa cada vegada més gran que separa Catalunya d'Espanya a tots nivells: allò que, vist des d'aquí, resulta encara notòriament insuficient, és vist a l'altra banda com un excés insuportable.

Hi ha una altra via de pressió externa que també resulta força evident i cridanera: és la que s'expressa cada dia a través de molts mitjans de comunicació. En aquest cas, la recepta indefugible que caldria aplicar sense demora passa per quatre coses ben simples i ben clares: un canvi de cares i de noms, el debat sobre la data del congrés del partit, la preeminència d'una o altra de les famoses “dues ànimes” i la posició a favor o en contra d'un grup parlamentari propi. En aquesta lògica, els alcaldes socialistes, que prou feina tindran a salvar la nau d'un hipotètic segon naufragi col·lectiu, són festejats com la gran esperança blanca... Més enfora encara, hi ha qui no para de receptar una purga més radical i expeditiva que sens dubte ho resoldria tot: la separació definitiva entre el PSC i el PSOE. És curiós que aquesta solució sigui abonada, no sols per persones i grups que mai no sentirien la temptació de votar els socialistes, sinó per gent que es proclama més nacionalista que ningú i que no sembla comprendre ni la realitat sociològica de Catalunya ni la contribució fonamental que la unitat socialista ha prestat històricament a la cohesió social del nostre poble.

Així, doncs, els termes del debat se simplifiquen i els aspectes més superficials guanyen aparença de solució definitiva. Un nou primer secretari, un congrés taumatúrgic i un grup parlamentari propi: això és tot. Hi ha unes ganes boges de poder publicar ben de pressa un titular a cinc columnes que certifiqui davant de tothom quina de les dues ànimes s'ha imposat damunt de l'altra. I a esperar unes noves eleccions que permetin contrastar l'encert de la línia adoptada.

És senzill, és cridaner, però probablement seria precipitat i absurd. Seria suïcida. Una força política important, amb pretensions de tornar a ser una alternativa de govern, no es pot permetre ni l'immobilisme més eixorc –una altra temptació que sens dubte ronda pel carrer de Nicaragua– ni un canvi radical de rumb que col·loqui el vaixell a mercè de les onades. La recepta millor és segurament molt més tranquil·la, i menys agraïda de cara als titulars: passa per un debat assossegat, per una reformulació del projecte que entre altres coses actualitzi el missatge, per una recerca de gran consens en la definició dels nous lideratges, per una formulació convincent del combat contra la crisi i, finalment, per un replantejament d'algunes coses que grinyolen en la relació amb el PSOE, que no sembla escapar-se de la tendència neocentralista que s'ha apoderat del panorama polític espanyol –en aquest darrer paquet entra, naturalment, l'opció pel grup parlamentari. I passa també per gestos de signe positiu al Parlament que la societat catalana sens dubte agrairà: una actitud franca envers el nou govern, que combini la necessitat de facilitar els consensos necessaris per activar l'economia i la conveniència d'una oposició que denunciï la deriva clarament conservadora que s'anuncia en algunes polítiques d'Artur Mas i CiU.

Ningú no ha dit que aquesta via de solució resulti fàcil. Ni és segur, en un terreny tan fràgil i movedís com la política, que així s'asseguri la formulació correcta de l'alternativa de govern que Catalunya necessita. Però els canvis que cal fer no poden dur-se a terme ni d'avui per demà ni a remolc de les pressions interessades que cada dia es dicten a cop de titular. Pel que jo sé, d'ànimes, al PSC n'hi ha unes quantes: tot és qüestió de dosificar-les de la manera adequada i garantir finalment, amb unitat interna, la viabilitat d'un projecte catalanista i socialista al mateix temps. En definitiva, res de radicalment diferent del que molts catalans encara volen per al seu país.