Viure comparant-se

Ens mirem el melic contínuament a l’hora que ens volem vendre com l’avançada d’Espanya, la locomotora econòmica, el súmmum de l’emprenedoria, el “colmo” de la innovació. Però tot això no ho podem posar a l’agenda sense comparar-nos. No amb nosaltres. Sinó amb ells. Ells com si fos un contrari, un rival, un enemic. Una mena de serp verinosa que ens impedeix d’expressar-nos. Som la pera. Però no podem ser llimonera perquè ens posen obstacles a tot arreu. Algun estudi diu que els catalans estem perplexos. La perplexitat és la meva esperança. Perplexitat i crisi econòmica seran els elements, conjuntament amb l’autogovern, les palanques del canvi d’actitud i de pensament que han de permetre, per fi, que ens mirem a nosaltres mateixos, els objectius que volem aconseguir i els reptes de futur que afrontem, comparant-nos amb nosaltres mateixos. Les comparacions són odioses, sí. Insuportables si el què tenim davant és un mirall en el qual mirar-nos. De moment; el nou model de finançament ens resta excuses per no voler mirar-nos al mirall. I ara, doncs, què fem? Jo ho tinc clar; mirar-me a mi, i aprendre dels altres. Estiguin al sud, al nord, i sí. De l’oest també se n’aprèn. I molt.

divendres, 26 de novembre de 2010

"¡Viva la confusión!" de Salvador Cardús i Ros

Article publicat a La Vanguardia el 24 de novembre de 2010

Las campañas electorales son periodos verdaderamente interesantes desde el punto de vista comunicativo. La cantidad y rapidez con que se produce discurso oral, visual y escrito, es decir, la densidad de mensajes emitidos, de réplicas, de desmentidos y matizaciones, de análisis, y particularmente el conjunto de confusiones que producen a lo largo de esos días, constituyen un maremágnum de significados que, fuera del fragor de la batalla, deberían merecer más atención académica, tan serena como crítica. Otra cosa es que a causa del dramatismo del combate político que ilustran, y si se toman como medida del nivel del debate ideológico o de los proyectos sociales que algunos querrían que vehiculasen, produzcan entre la intelectualidad, comentaristas políticos y en ciertos profesionales una profunda depresión, sincera en unos casos, simulada en otros. Sea como sea, la habitual calificación negativa de los discursos de las campañas electorales olvida algo fundamental en toda lógica comunicativa: que el significado del mensaje no sólo depende de su emisor, sino también del receptor y del contexto en el que se produce el intercambio. Si uno pierde de vista dónde se ha soltado el mensaje, la intención precisa del emisor, el medio por el que transita, las condiciones de recepción y la interpretación exacta o equívoca del receptor, puede llegarse a conclusiones verdaderamente absurdas.

Pongamos el caso del vídeo para You-Tube de las Joventuts Socialistes de Catalunya y el inocente voto orgásmico que protagoniza su joven electora. Se trata, fundamentalmente, de una broma de gusto quizás discutible, pero sin ninguna pretensión estrictamente política, más allá de la pretensión de llamar la atención entre un cierto segmento de población para incitar a la participación. En realidad, todo muy simple. Pero sacarlo de su contexto jocoso y de la irreverencia propia del medio a través del que se difunde, convertirlo en síntoma de la supuesta banalidad generalizada en la política catalana o interpretarlo a la luz de la traición a la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres supone una exageración que, ella misma, necesita interpretación. Es decir, sólo en la medida en que el mensaje deja de significar lo que quería sugerir quien lo produjo y es aspirado por el ciclón interpretativo de la propia campaña, siendo utilizado para rebotarlo contra un candidato, contra el país o contra ciertos principios ideológicos, puede entenderse el bucle comunicativo que ha llegado a producir.

Como ocurre siempre en las campañas electorales, aquí y en todas partes, elementos escandalosos de este tipo aparecen a diario y llegan a llenar secciones especializadas de los medios de comunicación. Desde el candidato al que se le escapa un “allí no paga ni Dios” hasta el que suelta un “gilipollas”, el recurso a metáforas poco afortunadas como el robo de carteras o los lapsus inevitables en situaciones de estrés, sacándolo de contexto, todo sirve para reciclarlo dándole otra dimensión y atacar al adversario, o simplemente para ganar audiencia a base de montar farisaicas escandaleras. Al final, nadie puede llegar a saber si existe algún beneficiario de tanto falso dramatismo, o si todos acaban perdiendo.

Me parecen injustos, por incompletos, los análisis que sólo consideran el punto de vista del emisor del mensaje electoral. Por lo menos, hay otras dos consideraciones que es conveniente tener en cuenta. Por una parte, las condiciones de emisión de los mensajes, establecidas por normas electorales que suelen tener poco tino comunicativo. No se trata tan sólo de la tan discutida regulación de los tiempos para la información en los medios públicos, sino de la existencia de formatos de publicidad tan curiosos como esos breves clips emitidos por radio sin solución de continuidad y que lo mezclan todo. Si uno no es capaz de reconocer previamente la voz del candidato, si no puede discriminar la calidad sonora del clip que delata que se trata de una organización paupérrima, es casi imposible entender nada. Las risas de los Verdes, la historia de los Piratas...

La segunda consideración es para reflexionar sobre las actitudes y disposiciones comunicativas de los receptores de los mensajes. Por decirlo rápido y con un ejemplo: ¿a qué va alguien a un mitin electoral? A informarse, seguro que no. A buscar argumentos para votar, tampoco. ¿Quizás se trata de dar ánimos a los candidatos? ¿De enardecer a los militantes para que contagien su espíritu combativo a su entorno? ¿De producir eventos que puedan ser objeto de información en los medios de comunicación? Si no se interpreta correctamente la función del mitin, no pueden comprenderse adecuadamente los mensajes que ahí se pronuncian.

En definitiva, existe una gran dislocación entre lo que se supone que debería ofrecer un partido o un candidato y la diversidad de contenidos que buscan los votantes. Como en el juego de los disparates, por un lado, los analistas exigen grandes ideas al candidato, y por el otro, el votante pide confianza, calidez, seguridad. Y ni los grandes análisis producen confianza, ni la calidez se encuentra principalmente en los argumentos sesudos. Los resultados electorales no son otra cosa que el resultado de la suma de todas esas confusiones. De manera que no le busquen mucha racionalidad en el voto, que no la van a encontrar.

dimarts, 23 de novembre de 2010

"Cultura sin campaña" de Ferran Mascarell

Article publicat a La Vanguardia el dia 11 de novembre de 2010

Poco se está hablado de cultura en esta campaña electoral. Sólo los típicos actos electorales destinados a dar algún titular a los candidatos para el corte de televisión; algunos manifiestos con firmas más o menos ilustres. Lástima. Lo cultural no está en la campaña y sin embargo es lo que establece hasta dónde una sociedad es capaz de avanzar y escoger las mejores opciones. Paradójico. En nuestra sociedad es dominante la idea de que la cultura es sinónimo de entretenimiento o evasión. Incluso los creadores y profesionales de la cultura parecen poco motivados por los programas electorales; casi nadie mueve las cejas; las posibles subvenciones futuras aconsejan prudencia. Lo cultural se ha simplificado hasta límites grotescos. Ha sido ubicado en una especie de limbo especializado y dedicado al entretenimiento. El verdadero sentido de la cultura se ha distorsionado hasta hacerlo irreconocible. Quizás por todo ello la movilización en favor de la cultura ha desaparecido del proceso electoral.

La cultura es el fundamento de nuestra identidad individual y colectiva, de nuestra capacidad creativa y de nuestra convicción innovadora, de la calidad de nuestro progreso y de los principios que impulsan la cohesión social y democrática de la comunidad. Una sociedad siempre se despliega desde la cultura, y es muy especialmente importante tenerlo en cuenta en tiempos de crisis y de cambios sistémicos, como los actuales. Nuestro tono cultural está bajo y la campaña ni tan sólo incita a hacer la crítica de las políticas culturales desplegadas durante los últimos cuatro años.

Las cosas no siempre han sido así y que ahora lo sean no es una anécdota. Que la cultura entendida como compendio de ideas y opciones propositivas de carácter humanístico, científico y artístico sobre nuestro futuro (inmediato y lejano) no aparezca en campaña es un indicador de las muchas inercias que atenazan nuestra vida colectiva. La falta de relato cultural extiende todavía más el peligroso virus de la desafección. Creo que el olvido político y social del sobreesfuerzo cultural que Catalunya necesita es el principal problema de fondo de Catalunya y el que más condiciona su futuro. Catalunya precisa de un voluntarioso esfuerzo colectivo a favor de la cultura; no hay otro modo de romper la inercia que domina en muchos ámbitos de nuestro país, potenciar nuestra cartera de conocimientos y fortalecer nuestros desdibujados valores. Sólo un sobreesfuerzo cultural permitirá mejorar los contenidos que producimos, los productos, los procesos y las organizaciones que generan nuestra riqueza y aseguran nuestra convivencia. Esta campaña parece haber olvidado que el principal capital colectivo que posee Catalunya es la cultura.

Pienso que un país vale lo que vale su cultura, que un país es sobre todo un sistema cultural, que un país funciona bien si el capital cultural lubrica el sistema de vasos comunicantes que asegura el despliegue conjunto y armónico del sentido de identidad, la creatividad, el progreso y la convivencia. Sólo desde la preeminencia de lo cultural se podrán construir identidades más abiertas y democráticas; sólo desde climas culturales favorables se consolidan países más creativos e innovadores.

Sólo cuidando el capital cultural las sociedades asegurarán un progreso sostenido y sostenible. Sólo una gran convicción cultural hace posible que las comunidades gestionen con éxito la complejidad del mundo global que está en cada barrio de nuestras ciudades. Repito: un país vale lo que vale su cultura; no sólo su PIB, como bien dijo Galbraith en su último y testamentario libro.

Me parece enormemente contraproducente que una campaña electoral tan importante no tenga en el debate cultural uno de sus puntos de referencia. Poco o nada se dice o se discute sobre la calidad de nuestro conocimiento, la idoneidad de nuestros valores, la sociedad que deseamos, el país que estamos construyendo o el futuro al cual aspiramos. El futuro de Catalunya tiene su mejor fuerza motriz en la fuerza de su cultura, y el fortalecimiento de un sistema cultural privado, asociativo y público de calidad, ambicioso y muy autoexigente debería ser motivo de análisis, debate y pacto, además de compromiso explícito por parte de quien aspire a gobernar Catalunya. Me cuento entre quienes creen que el peculiar puzle de instituciones públicas deslavazadas existentes no favorece el despliegue cultural y el enorme potencial de la cultura catalana.

Unas elecciones autonómicas sin apenas debate cultural suponen un empobrecimiento general. Sin cultura disminuye la gama de las opciones posibles que puede ofrecer la política. Sólo culturalizando el relato político será pensable una política más eficiente; sólo será posible avanzar si mejoramos el vínculo entre cultura y sociedad, si reforzamos el capital cultural global del país. Sólo así tomaran sentido tangible conceptos como sociedad del conocimiento, innovación, excelencia, democratización, rigor, autoexigencia e internacionalización. Sólo así conseguiremos acabar con las inercias del pasado y abrir paso a las múltiples mejoras, reformas y transformaciones culturales que nuestro país precisa.