Viure comparant-se

Ens mirem el melic contínuament a l’hora que ens volem vendre com l’avançada d’Espanya, la locomotora econòmica, el súmmum de l’emprenedoria, el “colmo” de la innovació. Però tot això no ho podem posar a l’agenda sense comparar-nos. No amb nosaltres. Sinó amb ells. Ells com si fos un contrari, un rival, un enemic. Una mena de serp verinosa que ens impedeix d’expressar-nos. Som la pera. Però no podem ser llimonera perquè ens posen obstacles a tot arreu. Algun estudi diu que els catalans estem perplexos. La perplexitat és la meva esperança. Perplexitat i crisi econòmica seran els elements, conjuntament amb l’autogovern, les palanques del canvi d’actitud i de pensament que han de permetre, per fi, que ens mirem a nosaltres mateixos, els objectius que volem aconseguir i els reptes de futur que afrontem, comparant-nos amb nosaltres mateixos. Les comparacions són odioses, sí. Insuportables si el què tenim davant és un mirall en el qual mirar-nos. De moment; el nou model de finançament ens resta excuses per no voler mirar-nos al mirall. I ara, doncs, què fem? Jo ho tinc clar; mirar-me a mi, i aprendre dels altres. Estiguin al sud, al nord, i sí. De l’oest també se n’aprèn. I molt.

dilluns, 18 de gener de 2010

"La limosna de Espriu" d'Antoni Puigverd

Article publicat al diari La Vanguardia l'11 de gener de 2010

Jordi Pujol no descansa. Acaba de publicar (con el apoyo de Manuel Cuyàs) Temps de construir.Y escribe en el boletín de su fundación unos jugosos editoriales. Los brillantes compañeros Álvaro y Juliana ya han comentado el que más tinta reflexiva ha suscitado: El fracaso de Espriu. La Sepharad que imaginó el poeta no ha tenido lugar, dice Pujol.

La España de los puentes del diálogo, la que comprende y ama "les raons i les parles diverses del seus fills", no existe. Diversas son las lenguas y diversos los hombres, sí, pero no se aman. El ex president Pujol certifica que aquella España no ha sido posible. Pero en lugar de proponer entierros y lamentos, recomienda a Catalunya un viaje de reconocimiento interior. Redescubrir las propias fuerzas y virtudes permitirá –sostiene Jordi Pujol– realimentar la esperanza.

El artículo destila un tono casi tan metafísico como el de Salvador Espriu. No solamente porque la madurez invita a la trascendencia, sino porque el momento actual es muy delicado.
 
El catalanismo se encuentra, en efecto, en un difícil cruce de caminos. No es fácil saber qué dirección tomar. Si la globalización humana y mediática ha dejado en precario a culturas de tanta fuerza y prestigio como la francesa, ¿cómo no temer por la desaparición de la catalana? ¿Y cómo no asustarse, sorprenderse o maravillarse ante la indiferencia (cuando no alegría) con que el resto de los españoles (y no pocos catalanes) contemplan la posibilidad de tal desaparición?

Si todo lo catalán (lengua, leyes, economía o infraestructuras) es una molestia insufrible para la gran mayoría de los españoles, ¿tiene sentido para Catalunya persistir en el camino autonómico? Si el encaje entre Catalunya y España, en lugar de resolverse, se problematiza más y más, ¿es inteligente seguir confiando en futuros consensos, es lúcido seguir blandiendo las armas del diálogo?

Es esencial recordar, al hilo de la palabra diálogo, que lo único verdaderamente lamentable de la respuesta española no es que niegue a Catalunya lo que esta políticamente pide. Lo lamentable es la agresividad con que se respondió en amplios sectores a una propuesta que, equivocada o no, fue elaborada con escrupuloso respeto al ordenamiento jurídico (de ahí, admirado Fernando Ónega, proviene la sensación de agravio). Lo inquietante no fue la crítica que el proceso despertó. Lo inquietante fue el silencio (¡estremecedor!) con que la España política y cultural escuchó los numerosos ataques y sarcasmos de corte xenófobo contra "los catalanes" que circularon con la excusa del Estatut.

Una España atenta a los peores huevos de la serpiente europea nunca debería haber permitido en silencio que esta envenenada literatura circulara (y siga circulando) con normalidad.

Comparar estos ataques con los que una minoría xenófoba antiespañola practica simétricamente en Catalunya es un abuso. Por una razón de peso: la bazofia antiespañola no encuentra el camino libre en Catalunya. Este diario en general (como, modestamente, este columnista en particular) repulsa, critica y condena toda manifestación de desprecio antiespañol. La Vanguardia y El Periódico, impulsores del famoso editorial conjunto, pueden exhibir este mérito como su mejor aportación a la democracia. Lamentablemente, las principales cabeceras de Madrid no pueden decir lo mismo.

Y, sin embargo, si aceptamos con Pujol que la construcción de puentes del diálogo es un fracaso, ¿puede alguien asegurar (al margen de lo que dicte el instinto o la fantasía) que el camino del enfrentamiento es mejor o menos problemático?

Quizás el error sea leer a Espriu como un profeta o un político. Era solamente un escritor. Toda su obra es una reflexión sobre el paso del tiempo y la muerte, esa absurda pero inevitable desembocadura. Puesto que la muerte define trágicamente el destino humano, provocarla con cualquier pretexto (aunque sea el más alto) es un crimen imperdonable. Consiguientemente, el peor crimen es "la guerra entre hermanos". El legado más profundo de Espriu, el que todas sus obras sin falta destilan, es el recuerdo del crimen de Sepharad: "La infinita tristesa del pecat / de la guerra sense victòria dels germans". Este recuerdo es previo a cualquier sueño y condiciona cualquier otra idea.

Sin duda, la cultura y la política españolas no han estado a la altura del sueño del diálogo de Espriu, pero seguramente tampoco la política y la cultura catalanas. La máxima heroína de Espriu es Antígona, que entierra al hermano proscrito, sabiendo que el tirano Creonte la matará por ello. Antígona no enjuicia. No toma partido. Solamente quiere dar descanso a todos los muertos.

Traducido a la actualidad, Salvador Espriu, a pesar de un infinito amor a su lengua y al pequeño mediterráneo de Sinera, nunca apostaría por el enfrentamiento. Seguiría recetando, como Antígona "una limosna recíproca de perdón y tolerancia".

Antoni Puigverd


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