Viure comparant-se

Ens mirem el melic contínuament a l’hora que ens volem vendre com l’avançada d’Espanya, la locomotora econòmica, el súmmum de l’emprenedoria, el “colmo” de la innovació. Però tot això no ho podem posar a l’agenda sense comparar-nos. No amb nosaltres. Sinó amb ells. Ells com si fos un contrari, un rival, un enemic. Una mena de serp verinosa que ens impedeix d’expressar-nos. Som la pera. Però no podem ser llimonera perquè ens posen obstacles a tot arreu. Algun estudi diu que els catalans estem perplexos. La perplexitat és la meva esperança. Perplexitat i crisi econòmica seran els elements, conjuntament amb l’autogovern, les palanques del canvi d’actitud i de pensament que han de permetre, per fi, que ens mirem a nosaltres mateixos, els objectius que volem aconseguir i els reptes de futur que afrontem, comparant-nos amb nosaltres mateixos. Les comparacions són odioses, sí. Insuportables si el què tenim davant és un mirall en el qual mirar-nos. De moment; el nou model de finançament ens resta excuses per no voler mirar-nos al mirall. I ara, doncs, què fem? Jo ho tinc clar; mirar-me a mi, i aprendre dels altres. Estiguin al sud, al nord, i sí. De l’oest també se n’aprèn. I molt.

diumenge, 20 de desembre de 2009

"Una nación en busca de Estado" per Ferran Mascarell

Article publicat al diari La Vanguardia el 16 de desembre de 2009

Lo escribió Kundera: “Todas las previsiones se equivocan, es una de las escasas certezas de que disponemos los seres humanos”. Sin embargo, me atrevo a hacerles una previsión: el actual desorden de la política española sólo terminará cuando Catalunya encuentre por fin el Estado que anda buscando. Los referéndums son el aspecto más efervescente de una cuestión de fondo, enormemente compleja y peliaguda: Catalunya, una nación vieja, se ha empeñado en encontrar el Estado moderno que le conviene.

Mi previsión es pues que la primera década del siglo XXI será señalada como aquel momento en el que los catalanes asociaron definitivamente su vieja voluntad de reconocimiento nacional a su necesidad de contar con un Estado adecuado.

A los catalanes de 1800 no les quedó más remedio que ceder poder político a cambio de poder económico. Sin embargo, los catalanes de 1900 se verbalizaron como nación. Ahora, los de la primera década del siglo XXI pasarán a la historia como quienes comprendieron que una nación sólo puede hacer frente a sus retos con un Estado eficiente y propio. Único o no, se verá. En cualquier caso, propio y apropiado para los retos de este tiempo.

Ese es el sustrato explicativo de las cosas que están sucediendo: los referéndums, las propuestas federalistas, los editoriales conjuntos y todo lo demás. Los catalanes quieren Estado. Ese es el fondo del debate entre la sociedad catalana y la española. Los catalanes desean un Estado que garantice sus derechos, necesidades e ideales. Hace más de 150 años que lo buscan. Siempre han pretendido que se les reconociese su cultura, su lengua y también su carácter nacional. En casi todos los momentos cruciales de la historia han aceptado compartir con el resto de los españoles un Estado democrático, modernizado, plurinacional y eficiente.

Así pues, sería mejor no equivocar el diagnóstico. La sentencia del Constitucional será importante, pero no decisiva. El fondo del asunto es infinitamente más complejo. Los catalanes no quieren satisfacer el reflejo nacional romántico y trasnochado que algunos le atribuyen. Los catalanes quieren ser reconocidos como nación para ejercer su derecho a poseer un Estado que dé respuesta a sus retos futuros. ¿En el marco de España? Se verá. Dependerá de la España que los españoles quieran construir.

Una nación sin un estado eficiente detrás es papel mojado; no sirve para acrecentar el bienestar de los ciudadanos. Los retos presentes y futuros exigen Estado, poder y eficiencia. La autonomía, tal como la entienden los partidos españoles, no es suficiente. El progreso desde la desconfianza mutua es muy complicado. El bienestar, sin un Estado eficaz y bien engrasado, es imposible.

Los catalanes sabemos que el futuro necesita ideales nuevos. Estamos hartos de batallas simbólicas y defensivas. Nos aburre consumir tanta energía razonando la legitimidad de nuestros planteamientos, de nuestros derechos, de nuestro deseo de tener Estado; queremos que cuide de nuestros intereses, que sea cercano, que juegue a favor. Muchos catalanes queremos una nación más satisfactoria y sabemos que para construirla necesitamos un Estado más democrático y mucho más eficiente. Si queremos una nación de primera precisamos un Estado de primera. Un Estado que admita la diversidad, que surja del pacto, que busque el futuro, que sea vigoroso, que esté al servicio de todos los ciudadanos, que sea propio, y si además es compartido que sea inequívocamente plurinacional, asimétrico y eficiente.

La sociedad española está terminando el ciclo de su historia que empezó con el pacto constitucional del 78. El pacto político y social que lo alumbró se ha apagado. La España de hoy genera desafección entre un número creciente de catalanes. La Catalunya de hoy genera desconfianza en un número significativo de españoles. El Estado no acepta su diversidad nacional; la política no acierta a plantear un nuevo pacto de convivencia eficaz, la sociedad no parece capaz de pensar un futuro compartido. ¿Entonces?

El tiempo lo dirá y la actuación de unos y otros decidirá. Hoy la mayoría de los catalanes no son todavía independentistas, pero pueden serlo relativamente pronto. Los demócratas tendrán que aceptarlo.

Son tiempos nuevos. Los ciudadanos serán más exigentes, desearán vínculos de pertenencia más sólidos, más respeto a las identidades múltiples. Querrán un Estado que los defienda y les garantice la libertad, que sea eficiente, regulador, equilibrado, neutral, compensado, ponderado, democrático y plurinacional; que los ayude a mejorar la vida, que les permita escoger los mejores caminos, que les permita el máximo bienestar.

Preveamos, pues, esa posibilidad: para un creciente número de catalanes España es el pasado. Es aquel lugar que no quiere cambiar; es aquel lugar donde muchos suponen que los tiempos sólo cambiaron cuando Bob Dylan los describió en una bella canción, es aquel lugar donde no se quiere entender lo que ya sabía Heráclito: lo único cierto es el cambio, nada permanece. Y menos todavía las formas de poder.

Ferran Mascarell

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