Viure comparant-se

Ens mirem el melic contínuament a l’hora que ens volem vendre com l’avançada d’Espanya, la locomotora econòmica, el súmmum de l’emprenedoria, el “colmo” de la innovació. Però tot això no ho podem posar a l’agenda sense comparar-nos. No amb nosaltres. Sinó amb ells. Ells com si fos un contrari, un rival, un enemic. Una mena de serp verinosa que ens impedeix d’expressar-nos. Som la pera. Però no podem ser llimonera perquè ens posen obstacles a tot arreu. Algun estudi diu que els catalans estem perplexos. La perplexitat és la meva esperança. Perplexitat i crisi econòmica seran els elements, conjuntament amb l’autogovern, les palanques del canvi d’actitud i de pensament que han de permetre, per fi, que ens mirem a nosaltres mateixos, els objectius que volem aconseguir i els reptes de futur que afrontem, comparant-nos amb nosaltres mateixos. Les comparacions són odioses, sí. Insuportables si el què tenim davant és un mirall en el qual mirar-nos. De moment; el nou model de finançament ens resta excuses per no voler mirar-nos al mirall. I ara, doncs, què fem? Jo ho tinc clar; mirar-me a mi, i aprendre dels altres. Estiguin al sud, al nord, i sí. De l’oest també se n’aprèn. I molt.

dissabte, 13 de març del 2010

"Proyecto, liderazgo, consenso" Ferran Mascarell

Article publicat al diari La Vanguardia l'11 de febrer de 2010

Decía Einstein que la separación entre pasado, presente y futuro, aunque tenaz, sólo constituye una ilusión. Era un sabio y posiblemente tenga razón. Sin embargo, los humanos vivimos en esa ilusión. Necesitamos comprender el pasado, entender el presente y tener una idea de hacia dónde vamos. Sin combinar esas tres ilusiones la sociedad humana se hunde en la incertidumbre, la ansiedad y el estrés. Frente a todo ello sólo cabe una receta: preguntar qué país queremos y tratar de obtener respuestas.

Los partidos y los medios de comunicación están ya en plena campaña electoral. Nos preguntamos quién ganará. Y sin embargo, paradójicamente, apenas escuchamos respuestas a nuestras preguntas de fondo. ¿Cómo hacer frente a una realidad desbocada? El paro, por ejemplo, atenaza la vida de un 20% de nuestros compatriotas y a un 40% de jóvenes. El déficit del Estado se ha disparado (12%); obligará a un recorte de gasto social que afectará al bienestar de todos, especialmente a las clases medias y populares. El Estado de bienestar no podrá garantizar las prestaciones actuales. Nadie sabe cómo crear oportunidades para los jóvenes, ni cómo evitar la inquietud de los mayores. La edad actual de jubilación no parece sostenible. El sistema de pensiones puede quebrar en 25 años; por cada trabajador habrá un jubilado y un joven que mantener. Un modelo productivo que no es nada competitivo en un mundo global. Nuestro papel en Europa es escaso y se aleja del nuevo centro del mundo. España parece incapaz de salir de su laberinto de intereses primarios; no consigue ser un Estado eficiente, igual para todos quienes en él viven. El país no tiene el mínimo proyecto compartido. La política se muestra incapaz de recuperar la confianza de los ciudadanos. La gente no percibe lo que hoy es Catalunya, sus deficiencias, pero también sus ingentes potencialidades.

No conseguimos salir de nuestro tono social ciclotímico. No sabemos evitar nuestro simplismo sectario y cainita. En cada una de esas afirmaciones se esconde un pozo de preguntas y sin embargo apenas las formulamos. Es propio de los humanos no hacerse las preguntas pertinentes, dice con razón Joaquim Coello.

No deberíamos estar pensando en el resultado electoral, sino en cómo resolver los serios problemas que nos atenazan. Ningún partido puede garantizar por sí solo respuestas creíbles y verdaderas. La realidad es demasiado complicada y los retos muy complejos. El mundo está materializando una metamorfosis profunda y en casa seguimos pensando a la antigua. Nos atenazan cuatro crisis simultáneas: modelo económico, sistema político, relaciones con España y cambio de modelo social, con la consiguiente transformación de valores. Es imposible salir bien parados de ellas sin renovar nuestras viejas ideas, sin buscar consensos sociales más creativos, sin desplegar liderazgos más exigentes y sin aceptar responsabilidades de un modo compartido. Habrá que aceptar algunos sacrificios. Nadie en solitario –dirigente o partido– podrá dar respuestas adecuadas. Las viejas recetas han caducado. Los apologistas neoliberales del mercado han quedado fuera de juego y la socialdemocracia anda desconcertada. La mística de las grandes palabras (independentismo, federalismo) no afronta las preguntas de fondo sobre la crisis del modelo de sociedad.

La cercanía electoral difumina, más si cabe, las preguntas y las respuestas, oscurece el proyecto de país en juego, incrementa los temores cotidianos de las gentes y las aleja de un horizonte más esperanzado. Lo escribió Isak Dinesen: Todas las penas se pueden soportar si las ponemos en una narración o nos cuentan una historia; es decir, si sabemos hacia dónde caminamos. Si las elecciones no se adelantan tenemos casi diez meses por delante. Usémoslos para mejorar nuestra maltrecha narración colectiva. Produzcamos nuevas ideas y nuevos consensos políticos y sociales, exijamos liderazgos más decididos y aceptemos responsabilidades más repartidas y mejor compartidas. Ya casi nadie atiende a la sistemática del disenso, a la cantinela de que el oponente lo hace todo mal, al quién da más, a las etiquetas sin contenido.

Sabemos que antes o después de las elecciones habrá que fabricar nuevos consensos y renovar los viejos idearios. Catalunya reclama, más allá del resultado electoral, una amplia concentración social y tal vez política; parecen necesarios unos pactos generales de Catalunya para afrontar el futuro (los de la Moncloa a la catalana). Hay que orientar un proyecto de país, a medio plazo y compartido, que nos permita recobrar el orgullo y gestionar el porvenir. Las épocas de gran metamorfosis exigen ideas y consenso, pero además exigen liderazgo y responsabilidad. Las próximas elecciones las ganará quien mejor sepa reescribir un proyecto creíble para Catalunya, quien mejor sepa convencer a los ciudadanos de que liderará buscando consensos sociales no partidistas, quien busque con mayor convicción la respuesta a las preguntas verdaderas y sepa decirnos hacia dónde caminar. Einstein tenía razón, el futuro es sólo una ilusión, pero no sabemos vivir sin ella.

"Tenemos un problema" Xavier Antich

Article publicat al diari La Vanguardia el 8 de febrer de 2010

En 1992, la euforia olímpica cubrió E con una neblina, provisionalmente, las incertidumbres que ya entonces empezaban a adivinarse. Era el tiempo acaramelado del Amics per sempre y de la Gitana hechicera de Peret y Los Manolos ("de par en par a todos les abre su corazón sin atención de razas ni de color"). También era el tiempo de festejar, ingenuamente, la cara más amable y también más superficial de la diversidad cultural. El mismo año, sin embargo, Hans Magnus Enzensberger publicaba un libro que, a pesar de su brevedad, alertaba sobre la extensión de sentimientos xenófobos ante el inicio de las grandes corrientes migratorias que todos los pronósticos ya estaban vaticinando. El texto, titulado La gran migración (Anagrama), fue entonces desatendido. Sobre todo aquí, donde pensábamos que la cosa no iba con nosotros. Los racistas son siempre los otros: sentimiento fuertemente extendido entonces, tal vez porque los porcentajes de inmigración no comunitaria eran irrelevantes.

Casi veinte años después, no es inoportuno recordar qué lejos estamos de todo aquello. Lejos de la bobalicona sensación de armonía universal y lejos también de aquello que entonces era, comparado con el 2010, el diagnóstico de un resfriado.

Basta atender a noticias recientes, como la problemática iniciativa para un padrón selectivo en Vic o la aberrante idea de "paz social" de la alcaldesa de Cunit, para reconocer que tenemos un problema. Y serio. Yno es un problema catalán, sino europeo. La discusión en Francia sobre la prohibición de la burka o el niqab en ciertos espacios públicos, con ser sólo un ejemplo, puede calificarse, sin embargo, de síntoma generalizado. Más vale que no miremos hacia otro lado. El gran debate sobre la convivencia de la diversidad en las sociedades democráticas y la posibilidad de un espacio público común basado en el respeto es, sin duda, el reto más trascendental de nuestro tiempo. La crisis económica no ha hecho más que acelerar la conciencia del problema, pero no lo ha provocado. Urge, cuanto antes, abandonar el clima de miedo y de histeria en el que parece que estamos entrando.

Buena parte de las opiniones escuchadas en estas últimas semanas tienen, me temo, el alcance del regate corto. O la bienintencionada voluntad de apagar un fuego. Pero la táctica, oportuna para hacer frente a retos puntuales de efectos y duración limitados, no es ahora la mejor opción. Se requiere estrategia, mirada a largo plazo, orientación de futuro. No está en juego tal o cual problemática concreta, por fuerza local, contextual y, hasta cierto punto, anecdótica. Se trata, en primer lugar, del modelo de sociedad por el que apostamos para un futuro inmediato. Se trata, también, de ser capaces de pensar en las novedades específicas de nuestras sociedades hoy, donde la marcha atrás ya es imposible: nuestras ciudades serán cada vez más plurales y diversas, no menos, eso es irreversible. Y, en tercer lugar, se trata de saber qué es lo que, como sociedad de acogida, podemos ofrecer, sin replegarnos en el ensimismamiento: de nada vale acometer los retos de la diversidad esgrimiendo las restricciones de la pluralidad en los países de donde proceden nuestros nuevos vecinos. Europa tiene que reivindicar algo más que sus raíces, como recordaba Edmund Husserl en una conferencia premonitoria pronunciada en Viena en un sombrío 1935.

Acaba de publicarse en Barcelona un extraordinario ensayo de Martha C. Nussbaum, sin duda una de las filósofas más relevantes y que mayor atención merece del panorama internacional. Se trata de Libertad de conciencia. Contra los fanatismos (Tusquets). Y me permito recomendarles con entusiasmo su lectura, sean cuales sean sus opiniones respecto a los problemas recordados aquí. Debo advertir, sin embargo, que no es libro apto para dogmáticos: ni para secularistas arrogantes, ni para cristianos integristas ni para esos laicos recién llegados que aplican a las religiones no católicas una mayor cerrazón que los herederos de Trento. Como la mayoría no estamos en ninguna de estas tres categorías, sería una buena señal de salud pública que este libro escalara a las primeras posiciones de los libros más leídos. En todo caso, me permito sugerir a los secretarios de organización de los partidos políticos catalanes y españoles que compren unos miles de ejemplares y que obliguen a leerlo a todos los cargos electos de sus organizaciones.

Nussbaum parte de un agudo y exhaustivo análisis de la tradición estadounidense de respeto por la libertad de conciencia y de reconocimiento de la importancia de los sentimientos y creencias religiosas, así como de la voluntad constitucional, siempre en peligro, de proteger a las minorías frente al dominio de las mayorías. Al mismo tiempo, reconoce que la tradición europea dominante es más bien otra: "Acostumbrados a la idea de que todos los ciudadanos son iguales, muchos europeos han reflexionado poco sobre cómo convivir con personas que son diferentes". Por eso, no sólo le produce extrañeza comprobar cómo en Europa se decide sin problemas restringir la libertad para crear desigualdad entre ciudadanos de primera (que pueden ejercer su religión y ostentar sus símbolos sin problema) y de segunda (que deben encerrar en los muros domésticos la expresión de su fe para no molestar a la conciencia mayoritaria), sino que se permite recomendar, con una osadía que comparto, estudiar y considerar seriamente la tradición estadounidense que ha hecho de la tolerancia pública el fundamento del respeto por la diferencia. Los análisis y las reflexiones de Nussbaum son tan sugerentes y pertinentes que ahora y aquí sólo puedo recomendarles que salgan corriendo a comprar el libro y que le dediquen algo de su tiempo. No se arrepentirán.

En 1492, este país resolvió el problema de la diversidad religiosa de un plumazo. Quinientos años después, ¿todavía no hemos aprendido nada? Tal vez ya sea hora.

Xavier Antich

¿Cataluña país industrial? Joan Majó

Article publicat al diari El País el 3 de febrer de 2010

La pregunta no se refiere al pasado. Si éste fuera el caso, o no habría pregunta o la respuesta sería un sí rotundo. Cataluña ha sido en el siglo XX la fábrica de España y uno de los motores industriales europeos. La pregunta se refiere al futuro, en varios aspectos. ¿Es conveniente que lo siga siendo?, ¿lo seguirá siendo?, y en todo caso, ¿qué hay que hacer para conseguirlo? Mi respuesta a la primera es un rotundo sí. Y mi respuesta a la segunda es que depende de cómo reaccionemos ante la tercera.

El tejido industrial catalán conserva todavía tantas potencialidades que sería un error aceptar con indiferencia la desindustrialización, con el espejismo de la sociedad de servicios. Sería absurdo no aprovechar la gran cantidad de recursos que hemos acumulado en todo el siglo. No podemos olvidar que una parte importante del valor añadido que hoy se produce en una economía se genera todavía en el sector industrial. Pero la apuesta por la continuidad de la actividad industrial requiere al menos tres modificaciones.

La primera, el cambio de productos. Seguir fabricando no significa seguir fabricando lo mismo, y sobre todo no significa seguir fabricando productos con mucho componente material y poco componente de conocimientos. Hay que entender que la sociedad del conocimiento no significa sólo pasar de los objetos a los servicios, sino que una parte importante del conocimiento se encuentra y se vende incorporado al producto. La continuidad de la actividad industrial sólo se puede garantizar si se va desplazando hacia este tipo de productos, para los que se necesitan menos recursos materiales y muchos más de tipo inmaterial. Hay a quien le gusta hablar de produ-servicios.

La segunda, el cambio de mercado. Hay que dejar de ser la fábrica de España y convertirse en una de las fábricas de Europa. Durante algunos años nuestro mercado interior ha de ser Europa y además hemos de intentar exportar al resto del mundo. Los referentes para nuestra competitividad son los otros países europeos.

La tercera observación es que el mantenimiento de la producción industrial no significará el mantenimiento de la ocupación, debido a los grandes aumentos de productividad que se van consiguiendo. No hay que esperar que se genere un incremento importante de empleo en la industria, pero aumentará mucho la calidad de dicho empleo. El que se genere o mantenga tendrá un carácter muy distinto.

En resumen, se cambiará el producto, se cambiará el mercado y se cambiará la forma de trabajar. Es muy importante que esto se tenga en cuenta cuando definitivamente se produzca un pacto -¡es imprescindible que sea un pacto y es incomprensible que todavía no haya ocurrido!- para una reforma del mercado laboral. Las economías como la catalana, con un gran peso de actividad industrial, tienen una rigidez añadida para hacer evolucionar sus leyes y sus normas con el objeto de adaptarlas a las nuevas exigencias de este nuevo tipo de trabajo. Romper con inercias y hábitos que han sido útiles en una etapa anterior es una de las condiciones para salir de la crisis y preparar el futuro.

No es lo mismo trabajar con piezas para producir objetos que trabajar con bits para incorporar conocimiento a un producto. Ni el espacio, ni el tiempo, ni el ritmo, ni la distancia tienen el mismo papel para las piezas que para los bits. Conceptos como el puesto de trabajo, el tiempo de trabajo, la jornada laboral, el horario, las primas de productividad medida en términos cuantitativos, palabras que tan adecuadamente definen el trabajo en una línea de producción, pierden poco a poco su sentido en el nuevo entorno del trabajo. En él tienen mucha más relevancia los objetivos, los plazos, la habilidad, la imaginación, la flexibilidad, el compromiso...

Da una cierta angustia ver como las dificultades entre patronales y sindicatos para abordar el pacto se refieren a temas tal vez importantes, pero de muy corta perspectiva. Hay que establecer un entorno laboral que, manteniendo vigentes los avances de tipo social que se han establecido en Europa a lo largo del siglo pasado, rompa la rigidez de unas relaciones que podían ser aceptables en una sociedad industrial, pero que son un lastre para una economía que, sin abandonar su vocación industrial, quiere y necesita incorporar el conocimiento, la creatividad, la innovación y la calidad.

Joan Majó es ingeniero y ex ministro Joan Majó es ingeniero y ex ministro

"La condena social de los políticos" Josep Maria Vallès

Article publicat al diari El País el 3 de febrer de 2010´

Son mediocres, incompetentes, cínicos, mentirosos, aprovechados, manipuladores, corruptos. Cuando no son sus causantes, los políticos se muestran incapaces de resolver la crisis económica, la inseguridad ciudadana, la decadencia crónica de la agricultura, la extensión del paro, las listas de espera de la sanidad, la baja calidad de la educación, la degradación medioambiental.

Basta un muestreo de artículos de prensa, tertulias, cartas al director o mensajes en los medios digitales para constatar un veredicto mayoritario y condenatorio sobre toda una "clase" o "casta" política. Aparece como una rémora perjudicial para el bienestar de sus conciudadanos. En algunos países, el "que se vayan todos" ha sido el grito resumido de este estado de ánimo.

Esta condena a los políticos arrastra fácilmente a una condena general de la política. Si la política es "lo que hacen los políticos", es inevitable concebirla como el reino del engaño, la corrupción y la pugna egoísta por las ganancias particulares de quienes están en ella. Muy lejos, por tanto, de concebirla como el espacio donde se trabaja por el bien común. Hay que preguntarse por las razones de una opinión tan extendida. ¿Es una reacción fundada? ¿Cuáles son sus motivos? Con ayuda de bibliografía antigua y reciente, resumo algunas explicaciones.

La profesionalización de los políticos. La ciudadanía se aleja cada vez más de una dinámica institucional muy profesionalizada que monopolizan -cada uno a su modo- políticos de dedicación exclusiva y periodistas que les siguen como su sombra. Constituyen un círculo cuasi autónomo, en el que comparten reglas no escritas, escenarios públicos, latiguillos retóricos y otras complicidades. "Los políticos nos ganamos la vida gracias a los periodistas. Y los periodistas políticos os la ganáis gracias a nosotros": es la frase contundente oída hace años a un profesional de la política.

Convertir la política en un modus vivendi vitalicio entreabre una puerta al corporativismo, la rutina o la corrupción de mayor o menor cuantía. Pero cuesta atribuir el desencanto masivo sobre la política a una reacción irritada cuando se dan prácticas condenables. Unos centenares de corruptos o aprovechados no bastan para explicar la tacha que se lanza sin matices y sin datos sobre 150.000 cargos electos y 2.500.000 de empleados públicos.

La dimisión de los ciudadanos. Los ciudadanos de los países más desarrollados tienden a dimitir de sus responsabilidades colectivas. Están sometidos a la presión publicitaria que promueve un estilo de vida donde el bienestar personal pasa por delante de cualquier otro objetivo. La disposición a la cooperación para fines comunes disminuye. Si apenas se admiten los sacrificios y privaciones que exige la búsqueda de la prosperidad individual, mucho menos aceptables aparecen las renuncias y las privaciones que reclama la entrega desinteresada al bien público. Ocuparse de los asuntos comunes o comprometerse en su gestión representa una merma del tiempo y de la energía que requieren las obligaciones familiares, las tareas profesionales o las aficiones recreativas.

Hay quien lo formula en tono más filosófico: una pérdida creciente de la virtud cívica -y no sólo o no tanto la corrupción de sus profesionales- provoca esta indiferencia o desafección por la política.

El desprestigio de lo público. Si el valor de la cosa pública cotiza a la baja, se debe a décadas de hegemonía ideológica de cierta visión sobre las relaciones sociales. Se sintetizó en modelos económicos que concebían al individuo como egoísta ilustrado, como maximizador racional de su beneficio en un mercado perfecto. Los modelos se trasladaron al análisis de la política. En versión vulgar, se cifró en frases rotundas: "la sociedad no existe", "la política no es la solución: es el problema".

La doctrina tuvo éxito. Hasta la crisis de 2008, al menos. Durante más de 30 años orientó a entusiastas políticos de derecha y a adaptables políticos de izquierda.

La política y lo público se convirtieron en sinónimos de ineficiencia, despilfarro o corrupción. El mercado y lo privado aparecieron como la receta salvadora: privatización de sectores estratégicos, externalización de servicios públicos, aparición de agencias ejecutivas "despolitizadas", desregulación de actividades de impacto social. De este modo, los propios políticos alimentaron la desconfianza hacia su misma tarea. Dieron a entender que su papel y el papel de los empleados públicos eran cada vez más prescindibles, cuando no perjudiciales. Persuadieron a buena parte de la ciudadanía de que la política que ellos encarnaban era superflua o nociva para el progreso social. Y la ciudadanía les correspondió lógicamente con un desprestigio sin matices de la política y de lo político.

La globalización. Una determinada idea de la globalización se convierte en la coartada resignada para reducir el espacio político hasta hacerlo insignificante. En este contexto, las opciones políticas mayoritarias ofrecen poco margen para la oferta de alternativas distintas. Porque los límites del juego vienen marcados "desde fuera". La disputa política no se plantea, pues, sobre programas sustantivos que apenas se distinguen entre sí. Si no hay diferencias y "todos son iguales" -no sólo los políticos, sino también sus programas-, ¿cómo podrá estimularse algún interés por lo político? El único estímulo será el fabricado por el marketing, encargado de suministrar envoltorios diferentes para disimular propuestas similares.

El énfasis sobre la calidad del "liderazgo" enmascara la irrelevancia del rumbo que un presunto líder debería fijar. Porque -bajo la apariencia de liderazgo político- sólo hay un "piloto automático" teledirigido por la globalización.

Este fatalismo resignado es una negación de la política como capacidad para decidir entre alternativas de futuro colectivo. Con todo, los datos no siempre abonan la irrelevancia de la política para afrontar grandes problemas. Con decisiones no siempre coincidentes y por tanto discutibles, la política ha tenido que remediar los efectos más catastróficos del pretendido "piloto automático" que llevaba al mundo occidental al borde del abismo económico y social.

En conclusión: es preocupante que los políticos aparezcan entre los grandes problemas percibidos por la opinión. Pero no basta descargar cómodamente sobre ellos -ni siquiera sobre sus malas prácticas- la culpa de una devaluación persistente de lo público y de lo político. Sin suscribir del todo las explicaciones disponibles (Sennett, Hay, Rosanvallon), conviene tenerlas en cuenta si se quiere reivindicar la importancia social de la política y empeñarse -entre todos- en devolverle la necesaria credibilidad.

Porque el rechazo total a la política y a los políticos somete la sociedad a la ruda ley del más fuerte.

Josep M. Vallès es catedrático de Ciencia Política en la UAB.

"Las cosas por su nombre" Mariano Bacigalupo

Article publicat al diari El País el 29 de gener de 2010

Según noticias recientes, un grupo de diputados del Parlamento de Cataluña ha suscrito un decálogo, denominado Vía federal, en el que se propone una reforma de la Constitución Española “en clave federal”. Se trata al parecer de una suerte de “tercera vía”, intermedia entre el nuevo Estatuto catalán y la opción netamente soberanista o independentista. El último punto del decálogo contempla incluso -si bien de forma velada- la posibilidad de secesión de las que denomina “comunidades federadas”. En efecto, el punto 10 del decálogo que promueven los diputados pertenecientes a la plataforma Ciutadans pel Canvi (CpC, integrada en el grupo socialista) se titula “libre federación” y reza del siguiente modo: “Queremos que las comunidades federadas participen libremente en el proyecto común del Estado federal. Por ello, en caso de que alguna comunidad federada exprese una voluntad política clara y mayoritaria de modificar las relaciones con el Estado federal establecidas en la Constitución, ésta preverá los mecanismos de negociación que permitan dar a esta realidad una salida aceptada como democrática por todas las partes concernidas”.

He aquí un buen ejemplo de cómo en el actual debate sobre el modelo de Estado se defienden, cada vez más, planteamientos que, pese a presentarse bajo una etiqueta federal, responden en realidad a concepciones inequívocamente confederales. En España (artículos 1.2 y 2 de la Constitución) -y también en los Estados federales en sentido estricto, como Alemania o Estados Unidos- la soberanía y el poder constituyente residen de forma exclusiva y excluyente en el conjunto de la ciudadanía del Estado común (la nación federal o nación en sentido político, que es única), y no -ni siquiera de forma compartida- en los diversos pueblos que puedan formar parte de aquél, por mucho que se les reconozca, en atención a su singularidad histórica, cultural o lingüística, características nacionales (naciones culturales o “nacionalidades”, según nuestra Constitución).

Es precisamente esta idea -la unidad de la soberanía- la que separa una concepción federal de otra confederal del Estado, y la que, por consiguiente, excluye también de raíz el derecho de secesión (o de autodeterminación) de cualquiera de sus partes. El Estado federal (en sentido estricto) y la posibilidad de secesión -tanto si es unilateral como si se estipula que debe ser pactada- son opciones incompatibles entre sí y entrañan, por tanto, una contradicción en los términos. De ahí que, aunque la fórmula elegida en el citado manifiesto parece inspirarse en la jurisprudencia del Tribunal Supremo de Canadá sobre las condiciones a las que habría de sujetarse en todo caso una eventual segregación de una de sus provincias, la admisión formal de la hipótesis secesoria sea propia de sistemas confederales, mas no de un Estado federal.

Algunos reclaman la federalización del Estado autonómico como asignatura pendiente de nuestro desarrollo constitucional, pero parecen olvidar que, materialmente, la España autonómica es ya hoy un Estado de tipo federal, y además con un grado de descentralización territorial efectiva del poder muy avanzado (superior incluso al de muchos otros Estados que sí son formalmente federales). Por ejemplo, el polémico “blindaje estatutario” de las competencias autonómicas (introducido en algunos de los estatutos llamados “de nueva generación”, y a resultas del cual el alcance preciso de las competencias que el artículo 149.1 de la Constitución reserva como exclusivas al Estado acaba dependiendo de las definiciones y demás previsiones competenciales contenidas en dichos estatutos) carece de parangón en la mayoría de Estados federales, en los que no es habitual que las constituciones de los Estados federados se pronuncien de manera alguna sobre el alcance de las competencias que la constitución federal ha reservado a la Federación.

Así pues, la federalización pendiente del Estado autonómico no es la que tiene por objeto el reconocimiento de “soberanías compartidas” o del “derecho a decidir” (un sinónimo eufemístico de soberanía o poder constituyente) de las comunidades autónomas “de base nacional”, sino -en lo fundamental- la que se refiere al perfeccionamiento de algunas instituciones básicas para el buen funcionamiento de cualquier Estado federal (como, en particular, el Senado, cuya reforma se halla efectivamente pendiente desde hace demasiados años) y la clarificación y simplificación del reparto competencial entre el Estado y las comunidades autónomas.

De ahí que me pregunte por qué algunos insisten en reclamar un Estado federal (que, en lo esencial, ya tenemos) cuando, en realidad, aspiran a un modelo netamente confederal. ¿Alguien cree acaso que la mera dulcificación nominal de las propuestas -esto es, el uso eufemístico de la etiqueta federal- conseguirá que quienes sí tienen, en sentido propio, una visión federal del Estado de las autonomías (en particular, los socialistas españoles) acaben siendo receptivos a lo que genuinamente parece pretenderse, que no es sino su lisa y llana transformación en una mera estructura confederal? Hasta ahí llegamos. Así que discutamos abierta y respetuosamente sobre las diversas opciones planteadas, sin exclusión de ninguna, pero hagámoslo, para empezar, llamando a las cosas por su nombre.

Mariano Bacigalupo es profesor titular de Derecho Administrativo en la UNED.

"PSC i Catalunya" Ernest Maragall

El pasado miércoles incluí unas palabras sobre lo que denominé “fatiga” de los catalanes respecto al concepto e imagen de “tripartito” en el marco de una conferencia organizada por el Foro de la Nueva Economía. La repercusión que han tenido aquellas palabras me aconseja un ejercicio de explicación, para tratar de ampliar, mejorando la precisión y claridad, el zoom excesivo con que han sido leídas e interpretadas.

Ni debo rectificar nada ni es mi intención hacer uso del tradicional argumento del “fuera de contexto”. Dije lo que dije y volvería a decirlo con las mismas palabras, aun siendo consciente de la distancia que hay entre lo que dije y el juicio de intenciones a que ha dado lugar.

De momento, podemos constatar un primer efecto positivo de lo que está sucediendo: el PSC ha pasado a primer plano y toma la palabra. El PSC empieza a ser algo más que la fuerza responsable y central que aguanta estoicamente un gobierno de coalición complejo por definición. La noticia, por fin, es el propio PSC. Ahora el país está expectante y pendiente de lo que el PSC haga, diga, proponga, decida. Magnífico.

Y, claro, podemos registrar otro efecto menos positivo, pero difícilmente discutible: el tripartito, versión 1.2, ya no tiene vigencia política más allá de su mandato actual. El Gobierno de José Montilla continúa teniendo plena vigencia institucional y capacidad para ejercer su responsabilidad. Debe completar, y así lo hará, el más alto grado de cumplimiento del plan de gobierno que se inició en el 2006 y hasta el final de su mandato. Pero ya hace tiempo que renunció a encarnar un proyecto integral de país con pretensión de ser entendido y aceptado como tal.

Y esta evidencia no invalida ni hace desaparecer el conjunto de la obra de gobierno llevada a cabo. La del conjunto y la de cada departamento independientemente del color de cada uno y de los aciertos, errores y claroscuros que podamos contabilizar. Repito lo que dije en la conferencia citada: lo que ha hecho este gobierno desde el 2004 es incomparable en cantidad y calidad transformadora con relación a lo que consiguieron los anteriores gobiernos.

Y, dicho esto, hablemos de lo que realmente cuenta. De lo que intenté explicar el otro día. Eso sobre lo que yo trataba de reflexionar en voz alta era Catalunya.

Eran y son sus ciudadanos y ciudadanas. Era sobre los tiempos que nos esperan desde lo que somos hoy, desde lo que tenemos, y lo que nos falta, lo que queremos, lo que podemos, lo que soñamos. Por eso centré aquella reflexión en tres grandes cuestiones. Las que son, creo, la materia prima del debate político y social que, este sí, merece atención, aportaciones personales y colectivas, definición de posiciones por parte de cada fuerza política, nueva o vieja, que aspire a conducir nuestros destinos.

Las tres cuestiones que coinciden en el tiempo, pero que tienen causas y consecuencias diferentes, son las siguientes: a) La crisis económica y lo que debemos hacer para salir de ella y, aún más, para construir algo nuevo pero sólido y estable. b) Nuestro autogobierno y la exigencia de firmeza y responsabilidad que el momento actual pide. c) La renovación del modelo democrático que nos ha servido con notorio éxito durante más de treinta años y que muestra indicios evidentes de ineficiencia social y de distanciamiento ciudadano.

Hablemos pues, en primer lugar, de la crisis económica y del nuevo horizonte que debemos plantearnos.

El objetivo sólo puede ser recuperar la competitividad, y el único camino es el incremento de productividad que acabe compensando el empobrecimiento real que hemos generado los dos últimos años.

El nuevo modelo económico, del que hablamos demasiado alegremente, vendrá de la mano de una política que sepa combinar cuatro conceptos: industria, conocimiento, eficiencia social y economía abierta. Que sepa expresarse en términos de acuerdo entre instituciones públicas y empresa privada tanto a escala global como sectorial y territorial.

En paralelo con esta estrategia, necesitamos la más profunda y serena reflexión sobre el concepto de Estado de bienestar: alcance y límites de los servicios universales, aplicación de criterios de corresponsabilidad, políticas fiscales, progresividad y equidad.

Y si queremos obtener alguna credibilidad, necesitaremos la aplicación consecuente de determinadas reformas imprescindibles: la del sector público, donde se concentra el mayor déficit de productividad y eficiencia social, y la del mercado laboral, recientemente iniciada, que debe avanzar en la mayor libertad reconocida a empresarios y trabajadores para acordar condiciones y retribuciones.

Hablemos en segundo lugar del autogobierno, del nuestro. Digámoslo claro: tenemos el nivel de autogobierno más alto desde hace 300 años. El Estatuto de autonomía del 2006 nos da capacidad para adoptar estrategias globales y políticas sectoriales en práctica igualdad de condiciones con cualquiera de las realidades europeas que nos rodean.

Y aun así, debemos estar atentos a los retos jurídico-constitucionales que determinadas instancias españolas nos plantean. En cualquier Estado poco o muy federalizante, son constantes y recurrentes las tensiones competenciales e institucionales entre gobierno central y gobiernos territoriales. Pero aquí añadimos un debate más de fondo sobre la aceptación o el rechazo del carácter plurinacional del Estado español. Debate que no se deja cerrar en positivo, pero que deberemos seguir sosteniendo con tenacidad, serenidad y plena determinación. Sin confundir al adversario. Y sin caer en el error de creer que es España o son los españoles nuestro problema. En cualquier caso, deberemos saber ser Estado en Catalunya para mantener el pulso que con toda probabilidad se acerca con la famosa sentencia que el Tribunal Constitucional (?) aún no ha sido capaz de redactar y aprobar.

Y mientras tanto, lo que debemos hacer es ejercerlo. Desplegar a fondo el Estatut, dar contenido a cada una de las competencias que ostentamos. Las leyes territoriales son un buen ejemplo, como lo es la recuperación del Àrea Metropolitana de Barcelona, activo principal del país y base competitiva imprescindible si queremos equipararnos a nuestros referentes europeos.

Y en tercer lugar, pero no menos importante, debemos dar respuesta a la exigencia de recuperación de credibilidad de nuestro modelo democrático. El cierre en falso de la ponencia parlamentaria que debía formular el proyecto de ley Electoral es el último y potente síntoma. ¿Es, por tanto, mucho pedir a los partidos catalanes, a todos, que encuentren el equilibrio adecuado a los principios de proporcionalidad, representación de ciudadanos y territorios y presencia suficiente del criterio de relación directa entre representante y elector, entre diputado y ciudadano que lo elige? ¿Es igualmente imposible decidir cuáles son los niveles de gasto y cuáles son los instrumentos de control y transparencia que la sociedad considera razonables para el funcionamiento eficaz de un sistema de partidos tan mejorable como imprescindible?

Si estas reflexiones son sensatas, y naturalmente abiertas a la crítica o alternativa, parece razonable concluir que la mejor expectativa para la sociedad catalana no sea la aún mayor presencia parlamentaria de grupos tan diversos como minoritarios. Es más bien lo contrario, lo que convendría a un país que debe afrontar estos tres grandes puntos de inflexión, y además, lo debe hacer con cierta urgencia, necesaria simultaneidad y coherencia interna entre las tres grandes cuestiones.

Todo indica que necesitamos para nuestro gobierno fuerza institucional, la más alta representación social y la capacidad de encontrar los acuerdos imprescindibles para mostrar, cuando toca, la unidad del país, detrás de sus instituciones. Por eso defiendo la necesidad que el PSC asuma explícitamente el rol de gran partido del catalanismo progresista y del socialismo más moderno y renovador. El partido que debe expresar una de las dos grandes alternativas que, sin menospreciar la presencia legítima de otras voces, debe caracterizar en positivo una Catalunya que quiere alcanzar todas las metas de progreso y libertad que entre todos hemos ido dibujando.

En esta perspectiva, el PSC debe presentarse, no como la otra posibilidad o el complemento útil de una sociovergencia vergonzante, sino como la mejor y más potente oferta para conducir con éxito la triple batalla a la cual me he referido antes.

En efecto, el PSC es el partido mejor situado para articular, sin dependencia de intereses gremiales o corporativos, los acuerdos y las políticas que nos hacen falta en el ámbito económico y social.

Es muy evidente, también, que el PSC puede considerarse el partido del Estatut: lo promovió, lo construyó conjuntamente con el resto de las fuerzas políticas catalanistas, consiguió aprobarlo con el apoyo indispensable de los socialistas españoles y ahora es el único gran partido que defiende con claridad y compromisos su vigencia y su capacidad de ser el instrumento de cohesión nacional que el país necesita. Cuando otros se orientan hacia diversas y legítimas formas de expresión soberanista, propiciadas por la dificultad de cerrar en positivo la plena vigencia del Estatut, el PSC sigue el camino de la responsabilidad y la firmeza.

Por eso, el PSC debe ser coherente con su posición, con sus orígenes y con la responsabilidad a la cual está llamado: la de gobernar Catalunya con proyecto propio apoyado por la más amplia mayoría de los catalanes.

Por eso, es igualmente exigible que el PSC pueda hablar, decidir y representar a Catalunya con voz propia siempre y en todas partes. Es imprescindible contar con grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados manteniendo la explícita voluntad de compartir con lealtad mutua, proyecto, metas y gobernación con los compañeros socialistas de toda España.

Y finalmente, por eso, estoy firmemente dispuesto a hacer todo lo que me corresponda para que José Montilla sea de nuevo el president de la Generalitat. Esta vez, con mayor representación y plena capacidad para liderar Catalunya en el camino que tenemos por delante.

ERNEST MARAGALL, conseller de Educació de la Generalitat de Catalunya.

"La Catalunya del Segle XXI" Ernest Maragall.

Text íntegre de la conferència d'Ernest Maragall al Foro de la Nueva Economía.

Gràcies Ferran Mascarell. Gràcies a tothom per acompanyar-me en aquesta edició del Fòrum de la Nueva Economía, a qui agraeixo la invitació.

No sé si molts de vostès esperen que parli molt d’educació. En parlaré, sí, però d’una altra manera.

Per alguna raó (o vàries raons) que alguns experts han decidit investigar i aclarir, Catalunya, diuen, viu moments de desorientació, de perplexitat, d’abstracció, d’aquella paraula castellana que té tanta força: ensimismamiento.

Permetin-me que inclús en aquesta conjuntura, inclús en el pitjor moment, els pugui dir que crec que estem en una etapa de construcció fascinant. Estem posant en peu un nou país.

El que caracteritza intensament el moment present fins el punt que fa més difícil veure més enllà, la coincidència i la interrelació entre elles de tres grans qüestions.

1. Una qüestió, bé, La qüestió. Quan creus que s’acaba, torna a començar: És el resultat de tot el procés d’elaboració i desplegament de l’Estatut d’Autonomia de Catalunya.

2. Afrontem una crisi econòmica d’abast mundial molt profunda que entre d’altres efectes secundaris ha acabat per obligar-nos a admetre que el país que havíem bastit durant vint anys per anar fent sobre la base d’un model econòmic amb creixements espectaculars però també amb peus de fang.

3. Una crisi del nostre sistema democràtic que té arrels i causes estructurals i que s’expressa a través d’una desafecció política amb una distància creixent entre representants i representats.

Aquestes són les tres grans qüestions que volem tractar. Necessitem prendre decisions sobre aquestes qüestions. Les tres a la vegada. No per separat: Cada una es cada una, però la situació ens demana, quasi ens exigeix, una resposta integral, intel•ligent i completa per avançar simultàniament en els tres fronts:

1. La construcció del país des del ple exercici de l’autogovern assolit.

2. La sortida de la crisi. No només tornar a créixer sinó fer-ho posant les bases del nou model econòmic.

3. La millora significativa de la qualitat democràtica del nostre sistema polític.

Amb aquesta intenció em proposo posar a la seva disposició algunes de les preguntes que considero pertinents i, no sé si de forma imprudent, un assaig de primeres respostes. Es tracte de preguntes quasi sempre carregades d’intenció transformadora, i per això mateix, al final tractaré de situar el paper crucial de l’educació en aquest període i en relació a pràcticament totes les qüestions que el país té plantejades.

1. Tenim tot el que cal per construir el país que volem? Tenim les eines adequades per fer-ho? L’Estatut de Miravet, del 30 de Setembre, del referèndum, forma part del camí correcte?

La resposta a aquestes preguntes, des del meu punt de vista, és afirmativa. Naturalment, estem preocupats per una sentència del Tribunal Constitucional que no arriba. Després en parlaré. Però avui, amb tota seguretat, tenim la cota més alta d’autogovern que haguem tingut mai.

Podem tenir una estratègia de país completa? Sí.

Podem dissenyar i executar polítiques sectorials en tots els àmbits, disposem de competències reals i hem tancat un model de finançament que a tall d’exemple, ha significat per aquest any 2400 M d’euros més que l’any anterior. I en 4 anys, progressivament, els nostres pressupostos aniran creixent fins arribar als més de 4.800 milions d’euros addicionals. Només a tall d’exemple: Aquesta xifra és ara, una mica menys que tot el pressupost anual del Departament d’Educació. S’imaginen fer front a la crisi sense aquestes xifres?

Creiem-nos-ho: ara podem dibuixar totes les fites i traçar els camins per arribar-hi.

Tornem-ho a dir, Catalunya és una nació. Un subjecte polític ple, mal que li pesi a ciutadans tan intel•ligents com Ignacio Sotelo que ens obsequiava fa pocs dies amb un concepte de “nació” que sembla fet a mida d’una teoria tan limitada i quantitativista com antihistórica.

Catalunya té competències i recursos per tirar endavant prenent les seves pròpies decisions. Catalunya té quelcom més important encara: té personalitat pròpia, té societat , te diversitat i complexitat, te una mida suficient, té institucions.

Existeix.

D’acord, hem de fer front a l’actitud d’alguna Espanya que - no ens enganyem - no és que no ens entengui; ans al contrari: o no ens vol entendre, o ens entén massa. I malgrat tot, no caiguem en l’error de confondre aquesta actitud amb l’actitud dels espanyols. Ni de confondre la de determinats partits o institucions amb una realitat social i política a Espanya que també és nostra.

I també, hem de viure en l’espera que jo mateix he qualificat com a tortura psicològica d’una sentència del Tribunal Constitucional. El silenci relatiu de les últimes setmanes no ens ha de fer abaixar la guàrdia ni presagia res de bo. No ho dubtin. Haurem de reaccionar. Caldrà fer-ho potser amb vehemència. Però, en tot cas, caldrà fer-ho sense deixar d’avançar en la construcció del país, sense perdre un minut, ni desviar cap esforç del projecte real de construcció del país somiat. Sense caure en la temptació enlluernadora de l’enfrontament estèril, ni de la fugida endavant cap a algun dels paradisos o miratges que proliferen últimament o en la deriva italianitzant d’un populisme disfressat de sobiranisme.

Perquè per a nosaltres, el més important és el pacte que vam tancar. Un pacte bilateral i de caire federal. El Pacte que segueix vigent. Un pacte a respectar i fer respectar.

Vam proposar un pacte ambiciós i lleial, vam signar un pacte plausible i potent, i rel vam votar amb consciència critica però indiscutiblement favorable. No ens el poden prendre des de trinxeres jurídico-interpretatives, ni des de lectures esbiaixades de la Constitució del 78 buidada del esperit que la va fer possible. Si cal tornar a començar, serà per anar més enllà, no per conformar-nos ni, encara menys, resignar-nos a una versió actualitzada del “cafè per a tothom”.

2. Estem en condicions de superar la crisi econòmica a curt o mig termini? I sobretot: estem en condicions de fer-ho creant alguna cosa nova?

M’agradaria poder dir que sí. Però la realitat que tenim pel davant és la que és. Tenim un ajust molt dur de la nostra fesomia econòmica. Ja no som com érem. I ara hem de construir el que serem. El país ha viscut del sector dels serveis, de la construcció i d’un sector industrial que no ha fet el salt decidit cap a la innovació. i de la construcció.. Dels prop de 600.000 aturats, més de la meitat procedeixen dels serveis (339.000), 104.000 de la construcció i 106.000 del sector industrial.

En aquest context, crec que el més sensat i honest és explicar a la ciutadania quina és la situació en la que ens trobem amb tota la seva cruesa, sense amagar res i explicar que ens serà difícil retornar als nivells de ocupació, renda real disponible i nivell de consum que havíem assolit. Deia recentment el catedràtic d’ESADE Robert Tornabell que la recuperació econòmica no arribarà fins l’any 2017 –alguns diuen que això és ser molt optimista- i que, en tot cas, la recuperació no arribarà al nostre país fins 3 anys després que Alemanya surti de la crisis. Alguns altres experts asseguren que no recuperarem els nivells d’ocupació d’abans de la crisi fins el 2020.

Tot sigui dit; almenys ara, des de fa poques setmanes, tenim una certa agenda: jubilació, pensions, reforma laboral, reducció de la despesa publica, etc. .... El país comença a ser conscient de la profunditat de la crisi i dels canvis que cal introduir.

És en aquest moment que apareix amb tota nitidesa la contradicció clàssica: Reduïm el dèficit o apliquem polítiques d’estímul per sortir de la recessió. Es poden fer les dues coses a l’hora?

Probablement el full de ruta que hem d’oferir no dista massa d’allò que han fet alguns països: sanejament dels sistemes bancaris, pla de xoc amb inversió pública en infraestructures de valor afegit que generin nova ocupació, impuls del crèdit a emprenedors i petites i mitjanes empreses...

Però diguem-ho ben clar: l’objectiu és la competitivitat. Relacionar-nos d’igual a igual amb els espais econòmics del nostre entorn. I, si l’objectiu és la competitivitat (de la nostra economia), la productivitat és el camí. Hem de perseguir i obtenir els acords globals, sectorials i territorials que ens permetin treballar més i treballar millor.

3. Anem cap a un nou model econòmic?

Fa temps que ens omplim la boca d’aquest nou model econòmic. Però que vol dir? Segons l’informe de la Unió Europea “New Skills for a New Jobs” (Noves habilitats per a noves ocupacions”), des d’ara i fins a 2020, el 80 per cent de les noves feines a la Unió Europea seran feines de substitució per jubilació. I el 20 per cent seran de noves ocupacions. I està parlant d’un total de 100 milions de nous llocs de treball.

Si hagués de definir en quatre paraules el que jo entenc per “nou model econòmic”, diria segurament:

1. Indústria

2. Coneixement

3. Eficiència social

4. Economia oberta

No són quatre qüestions separades. Van juntes. Demanen d’una resposta coherent i integral.

Està clar que la indústria d’ara no ha de ser la mateixa que fa 15 anys. Tenim el sector agroalimentari com a màxima expressió d’aquesta nova indústria. Connecta el sector primari amb el terciari i, inclòs, el quaternari, la recerca, el disseny, la producció, el comerç intern i l’exportació. I com la indústria agroalimentària tenim la indústria química, la farmacèutica...

Què vol dir coneixement? Significa investigació i desenvolupament. I també biotecnologies. I tecnologies de la informació i la comunicació. I també xarxes socials. Però també recerca aplicada a la indústria. I creació de nous llocs de treball relacionats amb serveis avançats a les empreses.

L’eficiència social o serveis personals està relacionat amb els centenars de milers de llocs de treball associats a la Llei de la Dependència.

I per últim: mantenir el nostre caràcter d’economia oberta, és a dir, el nostre caràcter de país europeu: més exportació i més presència empresarial catalana als mercats que servim, augmentar la mida mitjana de l’empresa catalana i, absolutament essencial, garantir la continuïtat a l’alça de les nostres exportacions.

Això comporta, per cert, mantenir i encara augmentar l’actual ritme d’inversió en infraestructures i dotacions bàsiques. I aquí hem d’incloure els nous models de gestió i responsabilitat imprescindibles: estic parlant de ports, aeroports, sistemes viaris i ferroviaris, però també en xarxes de telecomunicacions que ens assegurin l’accés i la velocitat exigibles per les nostres activitats i serveis.

4. I quines són les reformes per a fer possible aquest nou model econòmic?

Aquesta mateixa setmana, el president del Govern ho deia: el principal dèficit de productivitat de la nostra economia està en el sector públic. No és un problema de competència personal. És un problema de concepte normatiu i organitzatiu.

Estem ofegats pel Dret Administratiu. Oh Paradoxa!, el concepte de funció pública s’ha convertit en el principal obstacle per a la qualitat dels serveis públics.

Hem de reformar l’administració pública? Hem de fer-la més eficient? Hem d’establir una avaluació de la feina feta? Canviem avaluació de resultats per l’autorització prèvia? Defugim el paternalisme d’una administració que vol preveure i reglamentar-ho tot? Professionalitzem la funció directiva en el sí de l’Administració pública?

La segona gran reforma, ara ja plantejada, és la reforma del mercat laboral. Jo crec que encara massa tímidament. Ens equivocarem si plantegem aquesta reforma en el sentit de canviar simplement, els models de contractació. Conceptes com lloc de treball, temps de treball, jornada laboral, horari, primes de productivitat, necessiten d’un nou sentit. Ho deia, entre d’altres, Joan Majó fa ben pocs dies. Cal donar més flexibilitat contractual. I que se m’entengui bé. Tenim un mercat laboral dual.

Segons dades de la Fundació Cirem, (tal i com ens explica Oriol Homs que d’això en sap molt) els llocs de treball que està destruint la crisi econòmica corresponen als ocupats per joves d’entre 16 i 24 anys (els què millor poden absorbir la formació i la innovació) i en canvi, només l’1 per cent corresponen a llocs de treball destruïts i ocupats per majors de 45 anys.

Tots els experts coincideixen a dir que això és fruit d’aquest mercat de treball dual amb contractes blindats per l’antiguitat i contractes més lleugers per a joves.

No guanyaríem si donéssim més llibertat de pacte a les empreses?

5. El canvi climàtic com a obligació i com a oportunitat?

Quan encara ressona la polèmica per la candidatura d’Ascó a acollir el magatzem de residus nuclears, jo els vull defensar la necessitat de comptar una política energètica que inclogui el desplegament de les energies renovables i els compromisos de la lluita contra el canvi climàtic que la Catalunya del segle XXI ha de fomentar i liderar.

De la mateixa manera que som i volem ser capdavanters en molts sectors de l’economia, també ho podem ser en la recerca i producció d’energies noves i velles.

És a dir; que necessitem establir un calendari d’actuacions contra el canvi climàtic a curt i mig termini i a l’hora ens beneficiarem d’una aposta per aquest àmbit.

Però no ens oblidem tampoc d’instruments que aposten des del respecte per la garantia de subministrament energètic: la connexió elèctrica amb França o la interconnexió de conques internes. Una interconnexió intel•ligent i no depredadora, que compleixi els requisits per a garantir la conservació dels ecosistemes incloent-hi, en primer terme, l’Ebre i el seu Delta.

6. Un nou concepte de l’Estat del Benestar?

Espanya i Catalunya han consolidat progressivament el seu Estat del Benestar. Hem garantit l’educació i la salut, hem establert un sistema de pensions i estem construint el quart pilar de l’Estat del Benestar posant en peu tot un sistema d’atenció a la dependència.

La crisi econòmica ha posat de relleu la necessitat d’introduir alguns canvis, però també ha reforçat la importància de tenir un sector públic potent, perquè si deixem al mercat sol, ja veiem on acabem...

Sector públic potent, no vol dir enorme. Vol dir, segurament, més petit del què ho és ara, però més lleuger i més eficient.

D’aquesta manera alliberarà recursos per a les noves polítiques de benestar. Un sector públic prou intel•ligent per saber on ha d’invertir els seus esforços en cada moment.

No cal aprofundir en la discussió que ara mateix tenim per davant un llarg camí per recórrer sobre el sistema de pensions: Fins quan hem de treballar? Quin ha de ser el càlcul? Em sembla bé el plantejament del debat sobre aquests assumptes que, precísament, per ser d’horitzó llunyà ens permet un diàleg més assossegat. No forma part de la recuperació de la crisi. Però sí que forma part de la solvència internacional de la nostra economia. En aquest sentit em pregunto en veu alta:

No tindria sentit lluitar, ja des d’ara, contra l’evident abús de les jubilacions anticipades? No tindria sentit definir nous status pels nostres jubilats que els permetessin d’està presents en alguns sectors de la nostra economia productiva i dels nostres serveis públics? Que consti que aquesta és una reflexió aplicable específicament a la funció docent que espero convertir en proposta viable ben aviat.

Tampoc cal aprofundir massa en el sistema de salut. Deixin-m’ho dir: Si fins i tot Obama i el seu govern s’han interessat pel nostre sistema de salut! Però potser si que cal plantejar-se – com ja està fent la nostra consellera - si, per exemple, cal revisar la cartera de prestacions o introduir nous elements de coresponsabilitat amb el sistema per part del ciutadà.

I per últim, en dependència; mica en mica i amb certes dificultats anem construint aquest quart pilar.

Però val a dir que en la construcció d’aquest Estat del Benestar, tal vegada hem oblidat entre tots un missatge. Aquest estat del benestar no és gratuït. Deixin’m-ho dir: un dels factors claus d’una economia solidària no és la gratuïtat. És la progressivitat. I aquesta progressivitat no ve donada exclusivament per la via tributària. Sinó també, per exemple, pel concepte del copagament dels serveis prestats. Amb una potent política de beques i ajudes. Però fonamental, també perquè cal fomentar la responsabilitat sobre l’ús del servei públic, i no estic parlant només de salut. Els podria parlar també d’educació, i de dependència entre d’altres.

La universalitat no és ni equitativa ni d’esquerres.

7. Com hem d’organitzar el nostre país per assolir aquest futur?

5 anys després del que hagués calgut, fa poc més d’una setmana que el Govern de la Generalitat ha aprovat dues Lleis: la Llei de creació de les vegueries i la Llei de l’Àrea Metropolitana de Barcelona. Deixin-me dir d’entrada que naturalment comparteixo l’objectiu d’aquestes dues normes que es deriven a més de l’Estatut.

Aquestes lleis només tindran sentit si van acompanyades, en primer terme, d’un enfortiment competencial, econòmic i institucional dels Ajuntaments. Seguides igualment de polítiques de foment d’agrupació voluntària de municipis per a la prestació de serveis que els pertoquen.

En el mateix sentit hi hauríem d’afegir la revisió del rol i dels continguts funcionals i l’eficiència de les administracions locals de segon nivell:

Signo també l’article que el passat diumenge publicava Ferran Mascarell al diari Avui. Jo crec que l’alcalde de Barcelona ha de ser el president de l’Àrea Metropolitana de Barcelona. Defensar Barcelona no és un signe de patriotisme urbà sinó un capital simbòlic. No fer-ho així per aconseguir el consens genèric és renunciar a un lideratge clar de la metròpoli.

Si Catalunya no entén que en qualsevol estratègia de futur es imprescindible disposar d’una capital forta i d’un espai econòmic al seu entorn capaç de competir amb les grans àrees bessones d’Europa? Si no treu el profit en termes de lideratge d’una Àrea Metropolitana concebuda explícitament amb aquest concepte no arribarem als mínims de massa crítica que el nou model econòmic requereix.

I en aquest sentit, en la construcció del país, cal la construcció d’Àrees o Regions Metropolitanes connectades entre sí. Lleida, Tarragona-Reus, Girona, Tortosa, Manresa, Vic...cadascuna amb les seves especifitats, com diu l’alcalde de Lleida, Àngel Ros, - una de les millors possibilitats per al futur de Catalunya -

Jo crec que les àrees metropolitanes potents, autodefinides, són en sí mateixes, el futur global del país. L’aliança entre les diferents metròpoli catalanes, pot ser un dels pols econòmics més importants del sud d’Europa.

Catalunya és en realitat un país de ciutats. Una xarxa de ciutats. D’Olot a Tortosa. De Balaguer a Figueres. D’Igualada a la Seu d’Urgell ... I així, en una xarxa infinita de connexions.

8. Estem en condicions de regenerar la vida política i superar la crisi democràtica expressada en forma de desafecció?

Tenim a les nostres mans la possibilitat de capgirar l’aparent deriva imparable cap a la degradació del clima polític. S’ha fet urgent i imperatiu el que fins ara es veia com a possible i convenient: el conjunt de regles del joc del nostre model democràtic.

El nostre sistema de partits ja ha donat tot el que havia de donar de sí. El que va ser un gran encert durant la transició: un sistema propi, partits forts, projectes polítics sòlids ... ha anat derivant cap a l’endogàmia, la consolidació d’estructures internes amb tendència a l’autorreproducció.

Uns partits polítics capaços de reproduir-se, però molt poc de produir fruits nous, idees útils o projectes estimulants. Uns partits especialitzats en supervivència, però incompetents en saber viure, en la relació dinamitzadora amb una societat que no els reconeix com a interlocutors.

Per què té sentit el debat sobre la Llei Electoral? Només si és capaç de donar sentit a la relació entre representant i representat. I, és clar, també, si reuneix les condicions mínimes de neutralitat entre la representació equilibrada de ciutadans i territoris.

I per cert; no veig massa raons perquè la Iniciativa Legislativa popular que Ciutadans pel Canvi ha tingut la gosadia de presentar sigui matèria útil per a la comissió parlamentària que hores d’ara, NO sembla reunir totes les condicions per aprovar una llei que es pogúes aplicar a les properes autonòmiques.

Al costat d’això cal parlar de finançament de partits. És tant difícil imaginar un sistema d’avaluació externa de la despesa real que fa cada formació? Sóc partidari d’un finançament més generós, però avaluat amb més rigor i amb pèrdua de drets politics en cas d’incompliment.

És molt demanar repensar les funcions de representació i control que hem demanat al nostre parlament?

La nostra política necessita sàvia nova. Com ho fem perquè els millors professionals de tots els camps contemplin com una opció real l’exercici de responsabilitats polítiques?

I per últim: Si us plau. No continuem parlant d’autogovern i de Catalunya com a subjecte polític sinó som capaços de disposar d’un sistema de partits que representin explícitament i en totes les instàncies tant la diversitat interna com els projectes de futur.

Cal dir-ho? Jo vull conèixer i reconèixer el diputat que representa el grup majoritari català al congrés dels diputats. Vull un PSC que s’expressi en veu alta cada dia. Jo vull veure el meu diputat socialista als informatius del migdia i de la nit per saber què ha dit el PSC, de la mateixa manera que sé el què diuen els altres grups. Joan Herrera, Joan Ridao o Josep Antoni-Duran i Lleida. Jo vull veure el diputat socialista a Madrid presentant al congrés dels diputats les propostes que fa el PSC, per exemple, per fer front a la crisi, o les propostes per al Pacte Social i Polític per a l’educació a Espanya. Amb lleialtat al projecte federal, sí, però amb inequívoca posició pròpia.

9. Cap a on hem de portar l’educació?

L’educació és la nostra única riquesa natural, el nostre petroli, la nostra mina de diamants, la font d’energia que ens cal per construir i fer eficient el model econòmic de què tant parlem.

L’educació no és un oasi. L’educació és la clau. I volem aquesta nova cultura que s’expressa en els conceptes d’autonomia, direcció i avaluació recollits a la Llei d’Educació Catalunya i que van acompanyats d’una estratègia modernitzadora de camins oberts:

Del currículum a les competències; o dit d’una altra manera: del quantes hores fem al quins objectius s’han d’aconseguir al final de l’etapa.

D’una educació secundària obligatòria tancada a una educació secundària destinada a orientar l’alumnat cap a una postobligatòria diversa.

D’una postobligatòria tancada a una postobligatòria plena de passarel•les.

I d’una carrera professional tancada a una carrera professional incentivada.

De l’educació també els vull posar un exemple que va lligat amb el concepte de la conferència en sí mateix i de les relacions Catalunya-Espanya.

Hem estat capaços de construir un consens entre la majoria de les forces polítiques representades al Parlament. A Madrid ara tenim la possibilitat de construir un pacte similar.

El resultat és que Catalunya exporta una manera de fer, i una política modernitzadora de l’educació.

Però, la nostra proposta en educació pels propers anys té com a elements més tangibles tres objectius estratègics i en alguna mesura urgents: la digitalització de les aules (el projecte 1x1) que configura un nou protagonisme de l’alumant i els docents. Els docents com a guies, més que com a dipòsit de coneixement, gestors d’emocions i referència vital. El trilingüisme i la Formació Professional. Miro de no extendre’m-hi massa:

Més Formació Professional perquè aquests estudis són el mitjà a través del qual podem podrem “reinventar” els professionals que fins ara treballaven en els sectors de l’economia que han fet fallida i formar una nova fornada de futurs treballadors preparats per afrontar els nous mercats. Per això tenim: La Llei d’economia sostenible, el trencament de la barrera entre el món formatiu i el món professional, l’aparició d’una oferta realment planificada i el Govern aprovarà aquest mes la taula de la Formació Professional que integra un autèntic govern estratègic de la FP amb la participació del Govern, la Patronal i els sindicats.

Més 1x1: més formació en TIC pel nostre alumnat de primària i secundària.

Més Trilingüisme: potenciar l’aprenentatge i el domini d’una tercera llengua, preferentment l’anglès. Però potser seria hora d’introduir llengües noves a l’escola com el xinès. Vull recordar aquí que, cada cop hi ha més evidències que el centre geopolític i econòmic del món s’està traslladant cap a l’Àsia. Per què no començem a preparar els nois i noies que hauran de competir en aquests mercats?

D’altra banda, hem superat una primera etapa de normalització lingüística. Ens toca ara demostrar la creativitat i la força de les nostres arts, la nostra llengua, des d’una absoluta disponibilitat al contacte i l’enriquiment procedent d’altres llengües i cultures.

Començant pel castellà, que també és nostre. I amb una decidida obertura al plurilingüisme educatiu.

Necessitem els millors artistes, creadors, enginyers o professors entre nosaltres. Parlin l’idioma que parlin. Necessitem una Universitat que atregui els mateixos talents de tots els àmbits científics i culturals. Sigui quina sigui la seva llengua. Al mateix temps que consolidem i fem créixer l’ús social del català prou més enllà del vehicular a l’escola o l’oficial en les relacions institucionals. El català és i ha de ser la llengua de la llibertat individual i col•lectiva.

Conclusions

Per aconseguir tot això, per formular respostes completes i suficients a aquestes qüestions, Catalunya necessita projecte clar i lideratge explícit i, naturalment, ho dic des del catalanisme progressista, des del socialisme català.

Un projecte viu, present arreu del territori, amb veu pròpia a Catalunya, a Madrid i allà on calgui que garanteixi tant l’alternança democràtica, com la possibilitat d’articular els grans acords de país que necessitem.

I també, diguem-ho clar, Catalunya necessita un Govern fort, capaç de prendre decisions.

És possible governar en coalició sense donar mostres d’incoherència? Ho és com s’ha demostrat, tants cops i a tot arreu, però cal demostrar-ho ara i aquí. La imatge que avui projectem amaga un balanç de govern efectiu, incomparable amb cap altre període anterior. Però avui per avui, Catalunya sembla que no ho vol, n’està fatigada, no recolzarà nous experiments, ni artefactes inestables. I curiosament, apareix com a possible resposta el risc d’una major fragmentació en detriment de les forces polítiques centrals i majoritàries.

Aquesta és avui la nostra responsabilitat: la d’oferir a la ciutadania de Catalunya un projecte d’horitzó llunyà, però arrelat en el present. Un projecte que busqui la més àmplia representació social i territorial i que, al mateix temps, expressi la més explícita voluntat transformadora. D’aquest projecte en podem dir vintiuncentisme com algú ja ha batejat? No em sembla malament.
 
És aquesta, la Catalunya del segle XXI que els convido a construir col•lectivament.
 
Ernest Maragall i Mira
Conseller d'Educació